La democracia psicológica

Artículo de opinión publicado en ElPlural.com el lunes 2 de febrero de 2009

elplural

http://www.elplural.com/andalucia/opinion/detail.php?id=30114

Autor: Ígor R. Iglesias

Vivimos en un país en el que las palabras se han elevado por encima de los hechos. La democracia psicológica es una realidad fácilmente constatable, sobre todo cuando se comprueba que teoría y práctica no van de la mano.
La situación de la Justicia ha puesto en evidencia a esta democracia española, que se llama madura a sus treinta y tantos, sin apenas tradición ni saber hacer democrático en la historia de los diferentes territorios que integran este estado llamado España. La treintañera democracia nos desvela cómo la política pierde perspectiva con el resto de los ciudadanos cada vez que algún mediocre representante público imagina que el sillón que ocupará con contrato de duración determinada (el fin de obra o servicio les acaba llegando a casi todos) es suyo y que nadie más puede hacerlo mejor que él (o ella).

Que los jueces abran las puertas de los juzgados y cuenten qué pasa dentro de los mismos no es sólo positivo; debe ser una obligación. La sanidad, la justicia y la educación son los tres pilares de esta sociedad y su repercusión sobre los ciudadanos es de tal trascendencia que el nivel de exigencia debe ser máximo.

Los políticos, ciudadanos (como usted o como yo), incomprensiblemente exigen silencio a los trabajadores del Estado. Se tacha de deslealtad actitudes que casan con las reivindicaciones laborales propias del proletariado, de las que hoy en día tanto la izquierda como la derecha se jactan, como si los derechos de huelga o protesta sólo asistieran a determinadas profesiones. Los integrantes del entramado público, en virtud de la lealtad que se les exige, por ejemplo, a los jueces y magistrados, han de denunciar públicamente qué pasa con aquello que nos afecta a todos y de cuyo funcionamiento depende el que se pueda decir si esta democracia es madura o no. No vale sólo con compararnos con el pasado, hay que saber mirarse al espejo, si verdaderamente importa el futuro inmediato y futuro de nosotros mismos y las generaciones venideras.

Que España ocupe el puesto número ocho en la lista de éxito de los más ricos no implica que la valoración de la madurez de esta democracia, que desgraciadamente aún está en pañales, haya que hacerse en función del Producto Interior Bruto. Porque si se quiere hacer corresponder la economía con la calidad democrática, habría entonces que tener en cuenta el nivel adquisitivo de la población o las dificultades para acceder a una vivienda, sin que un banco o una caja (monte de piedad o no) haga de una persona un muerto en vida.

La democracia habrá que medirla en función de la eficacia de la Sanidad, la Educación o la Justicia, así como de otros factores. Porque no es de recibo que alguien espere meses y meses para recibir una asistencia sanitaria o judicial. La salud es más importante que las copitas después de los actos públicos, donde con una sola merendola institucional se podría pagar el sueldo de un mes de un médico. Que una persona tenga que esperar meses y meses para que se imparta justicia (los juicios rápidos suelen ser para temas banales) es de vergüenza. ¡Eso sí es de vergüenza!

Toda persona de izquierdas debería exigir más a la democracia, no conformarse, porque el opio del pueblo ya no son ni el fútbol ni los toros. El mayor mal de la democracia es que sus garantes no la respeten y nos sometan a situaciones que nos alejan de sentir orgullo alguno sobre una patria que no se rompe (como dice la derecha), pero que pierde sentido si no le sirve al ciudadano para mejorar su calidad de vida.

¿Qué esperar de la derecha? Nada, pero sería deseable mayor cordura. Por eso, habrá que exigirle a la izquierda esa responsabilidad que tanto nos baila en la boca. El PSOE no debe olvidar su esencia obrera, por mucho que los cuellos azules hayan pasado ‘a mejor vida’. Desilusiona negar una realidad evidente: las cosas pueden y deben ser mejor. Por eso, los socialistas, la izquierda con mayor liderazgo de este país, deben reconocer el colapso de una democracia que no ha sabido (o podido) crecer al ritmo de una sociedad, cuya complejidad aumenta de manera vertiginosa cada día que pasa. Los ocho años de gobierno del Partido Popular, aunque sirvieron para que el propio PSOE se regenerase por dentro, fueron un varapalo para nuestro crecimiento como país, que no puede medirse sólo en términos económicos. Sufrimos, pues, las consecuencias de esos dos gobiernos de Aznar, especialmente el último. No puede repetirse la historia. Por eso el PSOE no puede darle al ron y al güisqui en la misma noche, porque corre el riesgo de perder adeptos, que desilusionados se sumarán a los electores que no ejercen su derecho a voto o, sencillamente, tomarán de segundo plato a otro partido, aunque sea menos alto y guapo. Y eso podría ser una dura resaca. Torres más altas han caído.

Aquello que decide sobre la vida de los demás no puede estar sujeto a lealtades incomprensibles (como la que exigen los políticos cuando los trabajadores del Estado protestan) si las cosas no funcionan. Con la certeza de que la democracia nos ha dignificado en todos los sentidos y nos avergüenza y apena el periodo del nacionalcatolicismo fascista de Franco, cuya herencia es el mal de nuestros días, debemos huir de todo lo que caracterizó al franquismo. La libertad de expresión es un derecho que no se le puede negar a nadie, aunque el Estado, por otra parte, y he ahí uno de los fallos del sistema educativo, no enseñe que para opinar, primero hay que informarse. Es evidente que el analfabetismo funcional es más que favorable a quien sólo busca el poder, que dota de derechos, pero no de herramientas efectivas para ejercerlos.

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