Tarde noche de Foro con Juan Cruz

El adjunto a la Dirección del diario El País, Juan Cruz, fue el encargado de impartir la conferencia del Foro de Odiel Información de Huelva. Ayer tuve el honor de presentar el acto y de sentarme junto al insigne periodista, además de compartir cena con este hombre y otras personas de charla interesante.

Foto: Josele Ruiz / OdielFORO JUAN CRUZ026

En la página 2 del periódico de hoy, de Tema del Día, se publica este artículo de opinión mío sobre Juan Cruz, que es prácticamente la idea de más o menos lo que dije durante la presentación. Digo más o menos, porque la hice, como todas, sin papeles por delante.

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Artículo de opinión publicado en Odiel Información de Huelva el jueves 11 de junio de 2009

odiel

http://www.odielinformacion.es/index.php?option=com_content&task=view&id=15717&Itemid=843
Autor: Ígor R. Iglesias

Juan Cruz es el verdadero Juan Cruz. El otro, al que le dicen San, en realidad es Yepes Álvarez. Nuestro Cruz, el periodista, además es del Puerto de la Cruz, pero su cruz hubiera sido que sus pasos profesionales hubieran desembocado en un mundo muy diferente al periodismo.

Casi al mismo tiempo que recibía lo que los cristianos imaginan como cuerpo de Cristo, el encomendaba su espíritu a algo tan sagrado como es la radio. Aunque no se dedicó a la locución como medio de vida, fue este medio el que lo llevó a amar la profesión de informar. Escuchando a esos seres mágicos que se llaman locutores aquel niño canario soñaba con ser uno de esos que cuentan a los demás lo que pasa en el mundo, lo que otros piensan de las cosas o lo que alguien en algún lugar no quiere que se sepa.

A los 13 comenzó a colaborar en un semanario escribiendo, concretando lo que antes había imaginado en otros, aquellos locutores de la vieja radio que tantas veces ilusionaron a aquel crío.

Licenciado ya en Periodismo y en Historia comenzó a trabajar en dos periódicos locales de su isla. Su ímpetu por contar las cosas lo llevó de joven a chivarle a otro periódico de otra isla lo que en el suyo estaba vedado. Y lo trincaron. Y acto seguido lo echaron de la redacción. Pero allí estaba aquel joven con la cabeza bien alta, en la calle, donde están los buenos periodistas, que después escriben lo que corresponda tecleando, antes en una Olivetti, ahora en un Vaio o lo que sea.

Y de su isla se fue a El País, a fundar el periódico de referencia por excelencia.

¿Pero para qué complicarse la vida dedicando todo el día al periodismo, sin llegar a ser rico nunca, malviviendo a veces, sustentado nada más que con las palabras que cada día se desvanecen una vez que la noticia es sustituida por una nueva?

Porque hay algo interior que ya estaba en aquel niño, que es este mismo hombre: contar lo que ocurre o lo que no se quiere que se sepa a otras personas. La vocación está por encima de todo.

Y si se trata de contar, Juan Cruz ha tenido también en su vida la necesidad de decirse cosas a sí mismo. De ahí que desde muy joven la literatura fuera para él algo más que un refugio, un barco en el que navegar con la certeza de quien conoce la disposición de las estrellas y de donde viene y hacia donde va el viento.

Otros escriben una novela al final de sus vidas, pero Cruz lleva desde la década de 1970 escribiendo libros y recibiendo premios literarios como el Azorín de novela o el Premio Canarias de Literatura.

Aquel joven periodista se ha visto a sí mismo como redactor en provincias, corresponsal en Londres o, como ahora, adjunto a la Dirección del diario El País. Aquella vetusta máquina de escribir se ha convertido en un portátil y la redacción ya no huele ni tinta ni a tabaco.

Lo hemos visto muchas veces en la tele, con la valiente dedicación de quien no oculta lo que piensa, valorando el orden que previamente el periódico o los otros medios le han dado al mundo. Porque para opinar hay que estar antes informado y opinar es sólo oficio de quien planta cara a esos que se miran al espejo y se complacen con su rostro.

Juan Cruz no es San Juan de la Cruz y, sin embargo, este canario hace del periodismo un cántico espiritual para deleite e, incluso, éxtasis de lectores como nosotros.

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