Los tres éxodos de Emilia

‘Los tres éxodos de Emilia’ es un reportaje del suplemento ‘Domingo’ del 13 de septiembre de 2009.

el país

REPORTAJE: MEMORIA HISTÓRICA

Los tres éxodos de Emilia

La dura vida de una “niña de la guerra” civil española en Siberia, tierra de exiliados y presos
Autora: PILAR BONET

En Chitá, en Siberia Oriental, a más de 6.000 kilómetros de Moscú, vive Emilia Falcón. Tiene 79 años y llegó a lo que entonces era la URSS en 1937, entre los niños evacuados de la guerra civil española. De los casi tres mil “niños de la guerra” refugiados en la Unión Soviética, hoy quedan en Rusia menos de 170. De ellos, Emilia es la que reside más alejada de su país natal, en una región que ha sido destino tradicional de exiliados y presos.

Nacida en Gijón en 1930, Emilia llegó a Chitá en 2001 desde Uzbekistán. Ese éxodo -el tercero- se acumulaba al de la Guerra Civil y al de la Segunda Guerra Mundial, y fue la consecuencia de la desintegración de la Unión Soviética, ya que cuando ese Estado desapareció, la asturiana residía en Samarcanda y esa circunstancia la metamorfoseó de “ciudadana de la URSS” en “ciudadana de Uzbekistán”. Al reducirse las perspectivas de futuro para los hijos y nietos, la familia optó por trasladarse a Rusia. Leonid, el yerno de Emilia, encontró trabajo en una imprenta de Chitá y allí fueron.

Emilia, su hija Dolores, su yerno y dos nietas, Ana María y Lolita, residen en una modesta vivienda. Ignacio y Víctor, los otros dos hijos de Emilia, se encuentran en Krasnoyarsk (Siberia) y en Samarcanda, respectivamente, y sus apellidos -Telechea Falcón- evidencian su origen como descendientes de dos “niños de la guerra”, la asturiana Emilia Falcón Díez y el vasco Ignacio Telechea Lama.

Emilia es el centro y en gran medida el sostén material de la familia en Chitá. Como a los otros “niños de la guerra”, el Gobierno español le manda una pensión, en su caso es de cerca de 600 euros mensuales. La familia lucha por sobrevivir. Para emigrar de Uzbekistán, tuvieron que vender por 1.500 dólares un piso de Samarcanda, justo el dinero indispensable para trasladarse y comprar ropa para el frío siberiano.

La abuela Falcón tiene ojos vivos y aspecto de chiquillo travieso. “Llegamos en barco a Leningrado en 1937. Yo venía con mi hermana gemela Petronila. De mi infancia en Gijón recuerdo la alarma. Cuando sonaba, nos refugiábamos en el sótano. Una vez, una bomba mató a una mujer con una niña. Aún puedo encontrar ese lugar”. A su madre volvió a verla en un viaje a España en 1972. Su inseparable hermana Petronila regresó a Asturias tras la muerte de Stalin, allí se casó, tuvo hijos y murió.

Leningrado es una imagen viva en su memoria. “Nos llevaron al baño y nos dieron unos calzoncillos y nosotras nos negamos a ponérnoslos diciendo que no éramos chavales, sino niñas. Entonces nuestras educadoras se levantaron la falda y nos enseñaron que ellas también los llevaban”. La Segunda Guerra Mundial sorprendió a Emilia y Petronila en un orfanato de las afueras de Moscú. De allí, fueron evacuadas por el Volga hacia Stalingrado. Lo recuerda como un viaje de casi un mes con barcos que encallaban y era necesario remolcarlos. El hambre era tal que incluso trataban de ocultar la disentería que se cebaba sobre ellos por miedo a ver reducida su ración de comida.

“En Stalingrado salíamos a la estepa a cazar roedores y los llevábamos a la cantina donde nos los cocinaban. Se alimentaban de trigo, así que no sabían mal”. De Stalingrado, en 1942, salieron hacia Birsk, en Bashkortostán, esta vez hacinados en trenes de mercancías, que eran bombardeados y se demoraban en vías muertas para dejar pasar a los convoyes militares rumbo al frente. “En Birsk no esperaban tantos niños. Debíamos de ser unos quinientos. Muchos murieron de hambre y de frío. La tuberculosis era una cosa horrible”, afirma. “Petronila y yo sólo teníamos un abrigo. Ella se lo ponía para ir a la escuela por la mañana y yo, por la tarde. Yo tejía calcetines que luego vendía o intercambiaba por alimentos”.

En 1944, Emilia volvió a la región de Moscú, donde como aprendiza de tejedora ayudó a confeccionar una “guerrera blanca de seda” para Stalin. En Moscú conoció a Ignacio Telechea, el hijo de un comunista de Bilbao. Se enamoraron. Emilia tenía 17 años cuando nació su primer hijo. Con él, Ignacio y Emilia se marcharon a Samarcanda, donde Telechea fue ingeniero en una fábrica.

Un día de 1962 “Ignacio se marchó al trabajo por la mañana y no volvió. Nunca le volví a ver”. Telechea abandonó familia, documentos y empleo en pos de una mujer a la que siguió hasta Nukús, junto al mar de Aral. Murió en 1994. “Fue muy difícil sacar adelante a tres hijos…”, explica Emilia.

En un gran bolso, Emilia guarda las cartas en papel cebolla de su madre, el pasaporte uzbeko que sustituyó al soviético y también el pasaporte español, que recuperó en 2002. Su lengua natal fluye de nuevo de sus labios en la cena, a la que se une con retraso la nieta, Anita, que estudia chino en la universidad y viene de la biblioteca.

En Chitá, la familia Falcón siente la crisis económica. Sus paisanos en Siberia son los rusos retornados de Asia Central, con los que se reúnen para comer plov (plato de arroz centroasiático) y evocar una naturaleza más benigna. España está en el bolso de los recuerdos, en la puntual pensión, en las papeletas para votar por correo, y también en las palabras que remiten a una infancia bruscamente interrumpida: “Chavales”, “párvulos”, “bomba”, “refugio”, “calle Padilla, 26, de Gijón”.

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