Juventud olvidada

Artículo de opinión publicado en ODIEL Información de Huelva y ElPlural.com el domingo 1 de noviembre de 2009
Autor: Ígor R. Iglesias

Hace unos días asistíamos atónitos a un asesinato en Huelva en el que el motivo ha quedado en un simple y absurdo pique de tráfico. Quién puede imaginar que, al decirle ‘gilipollas’ a otro conductor, aquel pueda acabar con la vida de uno. Porque de nosotros, ¿quién no ha lanzado al aire alguna un improperio, vamos que se ha ‘cagao en to lo que se menea’? Es la forma de violencia más extrema: acabar con la vida de alguien porque sí. ¿Qué hay dentro de una persona para poder matar a otra por ponerse chulo?

Desde aquel día, he venido observando cómo el comportamiento violento y la mala educación es más común de lo que pensamos. Salvando las distancias entre todas las formas de ser un grosero, un ordinario o, simplemente, un mal educado, dejando a un lado a los malnacidos, se me ha venido a la mente cómo un sesentón me decía no hace mucho que “la juventud está fatal”. Supongo que será lo mismo que decían muchos sesentones de la época en la que este hombre era joven. Porque todos compartimos algo: nacemos, crecemos y la espichamos. Y entre tanto, los más pueriles buscan dónde meterla y los que tienen el arroz pasado critican tales andanzas de donjuanes de tres al cuarto, que, con algún que otro grano, no hacen sino dejarse llevar por ya sabe usted qué.

Si la cosa fuera sólo de sexo, pues sí, pues vale: esta juventud, la de antaño y la que vendrán están, estuvo y estará fatal. Lo que cabe desearles a los muchachos es que se coman lo que puedan, pero con cuidado (condón).

Pero lo que no puedo admitir es que alguien, porque es una opinión de alguien, que no representa a generaciones, ni a oriundos de ningún lugar ni a ningún colectivo con dos dedos de frente, es que achaque los casos de violencia (que conocemos por vivir en un mundo mediatizado) a la juventud. No, señor cómo se llame. Esta violencia no es generacional, es educacional.

Una mujer mayor el otro día me empujó y no me pidió disculpas. Un ‘gachó’, con traje y corbata, montado en un Audi, estuvo a punto de tirarme de la moto y encima se puso chulo. Un cincuentón de los que desayunan aguardiente la lió el otro día en un bar y de todos los clientes, casi todos de entre 25 y 35 años, aquel era el único que molestaba a los demás. Una mujer (que ni era muy mayor ni estaba enferma) me exigió, cuando mi hijo aún era bebé, que me levantara del asiento del autobús, cuando yo estaba sentado porque llevaba un bebé en brazos. Y así puedo poner muchos más casos. Por cierto, un día en otro autobús, de todos los usuarios, ya jubilados la mayoría, sólo una muchacha de unos ventitantos me cedió su asiento para que yo me pudiera sentar con mi hijo.

¿Saben ustedes lo que les pasa a los que ya no comprenden a la juventud? Que se han olvidado de ser jóvenes, que ya no lo son, que ya no se acuerdan de cuando querían ligarse a una tía, de cuando se enamoraron, de cuando se emborrachaban con sus colegas, de cuando se hartaban de reír por idioteces, de cuando tocaba hacer lo que hace esta juventud, que nada tiene que ver con ceporros. Porque de éstos, los hay de 15, 20, 50 y 60 años.

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