16 años de radio

Un 25 de diciembre de 1993, cuando tenía 13 años, hice mi primer programa de radio. Había ganado un concurso de locutores en el que el premio era hacer un programa de radio. Cinco años antes, con ocho años, ya jugaba a ser locutor con un walkman y un radiocasette donde me grababa las presentaciones de las canciones,  imitando lo que hacían los locutores de radio. Paralelamente también me dedicaba a confeccionar un periódico en el que relataba las cosas que pasaban en el barrio donde vivía entonces.

Cuando entré en la radio, ya no nunca me fui. En aquella pequeña emisora pirata hice varios programas para luego acabar en casi todas las radios de Huelva y pasar mi adolescencia encerrado en estudios de radio cada viernes, sábado y domingo por las tardes, delante del micro. Y cinco años después, mi llegada a la Cadena 100 y a una escuela de doblaje en Sevilla fueron los lugares donde me di cuenta de que iba demasiado deprisa. Los sueños necesitan un sitio sólido en el que apoyarse y a los cimientos de mi inquietud sumé el hormigón de la Universidad. Nunca, aunque haya rechazado los encantos de la radio, he dejado de sentir este medio. Porque el secreto de la radio consiste en sentirla. No basta con hablar. La radio precisa alma, el que los oyentes le ponen y esa que el locutor no debe ocultar.

Cambié el periódico por la radio voluntariamente y mi decisión ya me resultó dolorosa en su momento. Yo he llorado muchas veces por culpa de personas que carecen de alma para la radio. Pero cuando dejé la emisora que abandoné por el periódico en el que trabajo, cuando renuncié a seguir en aquellas condiciones laborales (a media jornada), a pesar de que de cara a la galería la cosa no se correspondiera con tal basura contractual, lloré. Recuerdo cómo me encerré en el locutorio y miré el logotipo de esa emisora y lloré. Porque me iba forzado por las circunstancias personales, requieriendo una jornada completa. Entonces, como ahora, ya supe que no eran mis circunstancias el problema, sino el poco respeto que existe en la radio para con quienes somos su voz: yo he visto a muchos buenos locutores acabar como administrativos o chapistas de coches (y son dos casos verídicos). Esa falta de respeto a la dignidad humana, laboral y radiofónica está motivada, sin duda alguna, por personas que están en la radio, pero que carecen de un alma a la medida de ésta.

El periódico me ha servido para mí, para aprender mucho más, pues el periodismo que se hace en los periódicos es la madre del periodismo y la referencia para el resto de los medios. También es el periódico el lugar donde cosechar buenos frutos que espero algún día plantar en la radio.

Esa falta de alma de aquellos que condenan a muchos locutores a vivir en el límite de la pobreza prácticamente es la que, por otro lado, me ha hecho descubrir que más allá de la radio también hay otros amores a los que entregarse, como el periódico. Sin embargo, es de justicia, y algún día, después de tanta mediocridad en el ámbito de la gestión, se volverá a requerir que la calidad sea un requisito indispensable en todos los ámbitos de la sociedad, y también en la radio. Por ello, adelantándome a ese tiempo, aprovecharé esta celebración, este cumpleaños de la radio, mi radio, para exigir respeto a quien pone el alma. Curiosamente son los mediocres los que aparentan lo que no son: curiosa virtud.

Dentro de 16 años, con 45, ya veremos cuánto ha cambiado el asunto. Sin embargo, mi recuerdo, mi vivencia, mi deseo, mi sueño, mi gusto, mi entrega, seguirán igual. Eso espero.

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