Mercadonubensismo

Artículo de opinión publicado en ODIEL Información de Huelva el domingo 7 de febrero de 2010
Autor: Ígor R. Iglesias

Y ahí está. Es el alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez, bailaor de sevillanas en su tiempo laboral y ausente cada vez que de dar la cara ante los asuntos importantes se trata. Ayer lo vimos de nuevo al ritmo de las palmas, el cajón y la guitarra, contorneando la cintura y alzando los brazos con motivo de la clausura del vetusto Mercado del Carmen. A pesar de más de tres años de retrasos en la apertura del edificio y de no acudir a los problemas cuando éstos existen y requieren una mano responsable y que muchos consideran como paternal, el alcalde no se ocultó a la hora de apuntarse tantos, como sí hace cuando las cosas vienen mal dadas. Mañana inaugurará una nueva plaza de abastos y previsiblemente su discurso vendrá acompañado de la demagogia habitual a la que nos tiene acostumbrados el principal representante del equipo de Gobierno del PP municipal en el Ayuntamiento de Huelva. Rodríguez, con su política, logró convertir a esta ciudad en lugar en el que es más importante la inauguración apresurada por parte del alcalde y en precampaña electoral de un parquin privado que de un mercado, del que se suponía que aquel estacionamiento formaba parte. Sin embargo, el aparcamiento se inauguró y el mercado ha tenido que esperar hasta ahora. ¿En quién se piensa cuando se hace un edificio o una obra cualquiera, como una plaza, y su finalización o inauguración queda pospuesta para los restos ‘sine die’? En los ciudadanos, en este caso en los onubenses, no desde luego. Por mucho que mañana se eche mano de eso que los más repipis llaman onubensismo. Y ahí está la plaza de abastos del Carmen y la plaza Doce de Octubre y la plaza Houston, entre otros espacios públicos, objetos de esta política que podría denominarse de la vergüenza. Y como digo se tirará del onubensismo, ese palabro imposible al que le podrían nacer otros hermanos (no se conoce al padre) como ayamontinismo, lepismo o isleñismo, como si la condición de nacer en un lugar, de ser de un sitio o de residir en un núcleo concreto pudiera brindarse a ser graduable. De este modo, alguien sería más onubense que otro por participar de lo que una parte de la ciudad considera que es Huelva, pero que otra, siendo de la misma ciudad o provincia, percibe como algo ajeno, tomando como propio otros menesteres. Por ejemplo, a mí no me gusta el fútbol ni la Semana Santa, y El Rocío como que tampoco es mi pasión. En este sentido, para los que se hacen llamar onubensistas yo formaría parte de esos malos onubenses. Y no lo niego. Si se trata de eso, pues vale, porque no soy semanasantero (aunque lleve a mi hijo a ver la Borriquita), ni rociero (aunque vista a mi hijo de corto y lo lleve a la puerta del Ayuntamiento a ver Emigrantes y Huelva) ni recreativista (nunca he entrado en el Estadio Colombino, excepto en La Mala Reputación y en el Átika). Este mal onubense (antionubensista) prefiere detener su mirada en Huelva vista desde las salinas, con las marismas y la ría de por medio. Y no irme de aquí nunca.

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