La mierda de Moro

Artículo de opinión publicado en ODIEL Información de Huelva el 20 de febrero de 2010
Autor: Ígor R. Iglesias

El dedo de Aznar contra los estudiantes que le increpaban esta semana no es la única muestra de mala educación en las filas del PP. En Huelva, a los insultos contra periodistas de línea editorial progresista, se suman las declaraciones del teniente de alcalde de Urbanismo, Francisco Moro (PP), quien ha demostrado esta semana que su habla tiene más que ver con el modo del decir de quienes echan los cubillos por las ventanas que con aquellos que han de dar ejemplo lingüístico al ostentar una responsabilidad pública.

Francisco Moro dijo esta semana, en referencia a unas viviendas del entorno del viejo Mercado del Carmen, que se trataba de “casas demolidas con basuras, con mierda, y llenas de ratas”. El concejal pudo haber utilizado palabras tales como desperdicios o desechos, como las que usaríamos nosotros, en el periódico, a la hora de titular o redactar una noticia. Sin embargo, el edil conservador optó por la palabra mierda.

En el uso de la lengua, no importa si ésta está o no recogida en un diccionario cualquiera, ya sea de la Real Academia Española o de autores particulares de reconocido prestigio como María Moliner o Manuel Seco. En el hablar es la adecuación al contexto la que exige un uso determinado de la lengua. De este modo, el nivel diastrático (nivel sociocultural, lingüísticamente hablando) y diafásico (nivel de formalidad) exigen del cargo de Francisco Moro, a la hora de dirigirse en rueda de prensa a los medios de comunicación, por tanto a los ciudadanos (y lo hace no como Curro, tal y como lo llaman sus allegados, sino como teniente de alcalde), que sus palabras tengan la medida de su cargo y de su formación.

Trascendiendo lo estrictamente lingüístico y estilístico, las palabras de Francisco Moro habrá que contextualizarlas en el hastío que se respira en el equipo de Gobierno de la capital onubense, donde su política, puesta en evidencia a la luz del actual estado de la ciudad, ha quedado acorralada como quien está entre la espada y la pared.

Incluso, hablar del viejo mercado del Carmen como “un cáncer para Huelva” es cuando menos irresponsable. El cáncer es algo tan serio que asimilarlo a que la capital cuente con un edificio antiguo es tan absurdo como pensar que las vetustas construcciones no sirven para nada. Por esa regla de tres ninguna ciudad tendría en su configuración urbana reliquia alguna de su pasado remoto o inmediato. Huelva, que carece de tales tesoros monumentales (no así medioambientales), sí cuenta con muchas edificaciones que forman parte de otro patrimonio, el antropológico. Esta capital fue marinera (actividad que aún conserva su puerto) y el viejo Mercado del Carmen ha sido testigo de ello, a través de la venta de pescado y marisco (y otros productos). Referirse al edificio como un cáncer refleja el agobio del concejal que suscribe tal expresión, provocado por las prisas por su demolición (el parquin ‘provisional’ servirá para hacer más caja, exprimiendo el bolsillo de los onubenses). Una cagada (o mierda) más consistorialmente pestilente.

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