Calle Cervantes: un lugar de Huelva del que nadie quiere acordarse

Reportaje publicado en ODIEL Información de Huelva lunes 28 de junio de 2010
Autor: Ígor R. Iglesias

La calle Cervantes, pasando Tráfico Pesado y el Matadero, sigue existiendo. Pero la antigua vecindad, de la que quedan algunos vecinos que se resisten a abandonar sus casas, ha dado paso a un universo de abandono, que hace “dura” la vida en este lugar.

Se trata de un rincón en la capital onubense donde “antiguamente, los vecinos teníamos nuestro huerto y esto daba gloria”. Esto lo dice Rafael, el pseudónimo de un antiguo vecino, que aunque se ha trasladado a otra barriada, sigue conservando su casa aquí y un pequeño huerto. “Vengo a coger brevas a diario”, indica.

Él ya no vive aquí, pero otros siguen conservando su casa, a pesar de las presiones oficiales y la inseguridad de la zona. Manuel Cárdenas Damota tiene 82 años y “vivo aquí desde que nací y aquí quiero morir”.

“Esto era fabuloso, no había robos ni vicio ni peleas”, expone, en comparación con la situación del barrio, donde apenas quedan vecinos “de los de antes”, ya que la mayoría de los habitantes de la calle ahora son ocupas, personas que “se han metido en algunas casas y de ahí no hay quien los eche”.

Los robos son “habituales” y en la casa de Manuel, que vive con su esposa, de similar edad, “han entrado algunas veces, pero yo tengo una escopeta repetidora con cinco cartuchos en la mesita de noche por lo que pueda pasar”, asegura, aunque “nunca la he utilizado”. Y eso a pesar de que “una vez entraron dos, saltándose la tapia del patio para robar y no necesité nada más que dar un grito”. Uno de los malogrados ladrones “lo conocía yo de vista y salió poco rápido cuando vio que lo reconocí”, añade.

También Antonio Gómez López, al que conocen como “el Portugués, el ciclista”, según expresa, ha sufrido algún que otro intento de robo, pero “tengo aquí un perro grande que aparte de avisarme es capaz de asustar a cualquier sinvergüenza”.

Antonio Gómez, que tiene 80 años, se dedica a arreglar bicicletas, “el único taller que queda en Huelva”, y vive en la calle Cervantes “desde hace 40 años” con su familia. Actualmente, en la casa del Portugués viven su esposa y una de sus hijas.

Para Antonio el problema “es que todo esto está abandonado”, tanto que “hay ratas que asustan y que se pueden ver por la noche” en un solar contiguo a su vivienda, donde “también hay pulgas y todo tipo de insectos”. A los roedores también “se las ve en los contenedores”.

En la calle Cervantes no hay tiendas, aunque sí un puñado de empresas (talleres de coches, gimnasio, etcétera), pero no hay tiendas de alimentación. Para comprar, estos octogenarios vecinos tendrían que trasladarse al Matadero o Marismas del Polvorín, “donde se puede comprar el pan”, dice Antonio, a quien su hija le lleva la compra.

Donde viven estos vecinos no hay aceras. Se trata de hormigonado o cemento, que ellos mismos han echado, negociando el producto sobrante de obras próximas, donde los albañiles no tuvieron problemas para “hacernos el favor”, indican Manuel y Antonio.

Donde no hay hormigón ni cemento, es tierra lo que pisan los que acudan a estas viviendas y el asfalto de la calle no es mucho mejor; todo lo contrario, ya que la carretera tiene un sinfín de socavones. “El colmo es que sólo parchearon la mitad de la calle”, expresa Manuel.

Vecinos que resisten las presiones para cambiar de barrio

Los vecinos que todavía viven en la calle Cervantes indican que están recibiendo “presiones” por parte del Ayuntamiento de Huelva (PP) para que abandonen sus viviendas.

La oferta que se les hace en principio puede parecer buena: casa por casa, pero como no es oro todo lo que reluce, en este caso también hay que leer la letra pequeña.

Antonio Gómez López no pide dinero, según comenta, “sólo un lugar en el que poder vivir mi familia y yo y, por supuesto, donde meter mis bicicletas”.

Antonio, que tiene un taller donde repara bicis, cuenta además con una nutrida colección de las mismas, que supera la docena: “Con ellas he competido y he ganado numerosos premios”, que multiplican por cuatro el número de vehículos que guarda en su taller con gran mimo.

“Esta es mi vida y tengo 80 años y me piden que cambie de vida. Me muero si me meto en un piso”, dice.

En el caso de Manuel Cárdenas Damota, de 82 años de edad, a éste le han ofrecido “un piso en Pérez Cubillas, casa por piso”. El problema para Manuel no es el cambio de ubicación, sino que “el piso viene con garaje en las escrituras y lo tendría que pagar aparte y yo no quiero un garaje para nada y encima tengo que pagar la demasía”, expone. Otros propietarios tiene un problema similar.

Donde hay más ocupas que vecinos

La mayor parte de las casas de la calle Cervantes no están habitadas por sus propietarios. Tampoco cerradas a cal y canto. Ni siquiera están alquiladas. Paradójicamente, la mayor parte de las casas están habitadas.

El motivo está en la ocupación ilegal o aparentemente ilegal. Los vecinos que aún quedan en la zona y otros que “a diario” vienen a “vigilar la casa para que nadie la ocupe”, como expone Rafael (pseudónimo), indican que en ciertas viviendas viven inquilinos que “ni pagan alquiler, ni se les ha dado permiso para estar ahí, ni pagan luz ni agua, pero viven en las casas y tienen luz y agua y todo lo que les da la gana”, expone Rafael indignado.

Todos los propietarios consultados aseguran que estos ocupas “han saltado a las casas por los patios traseros y se han hecho los dueños de las mismas”, expresa Rafael.

Antonio Gómez confirma este hecho y señala a la casa contigua a la suya, donde, según su testimonio “vive un hombre”, de nacionalidad rumana, indica su vecino Manuel Cárdenas.

La casa en apariencia es inhabitable, dado el estado ruinoso de la misma. Mejor aspecto tienen otras de la misma acera. Dos viviendas ocupadas por rumanos, una, por “negros y una muchacha española”, la otra, según Rafael, que también señala a otros conjunto de casas, que se encuentran en un callejón, donde viven varias familias rumanas. Durante la elaboración de este reportaje, estos ciudadanos del país europeo manipulaban varios vehículos, cambiando ruedas y otros utensilios de los mismos.

Uno de los trabajadores de un taller próximo confirma que “suelen arreglar en plena calle sus coches” ahora, porque “antes venían al taller, pero como no pagaban les dijimos que no vinieran más”. En esta empresa también confirman la presencia en una casa contigua de una mujer “ocupa”, a la que, según este empleado consultado, “viene la Policía todos los días a buscarla, pican en la puerta, pero nunca abre nadie”.

Esta redacción durante la elaboración de este reportaje llamó a la puerta de esta mujer, pero nadie abrió. También quiso hablar con los ocupantes de la casa donde Rafael dice que viven “unos negros con una muchacha española”, sin éxito, porque uno de sus ocupantes se negó a hablar y se mostró reacio a la presencia de los dos periodistas de Odiel, algo similar en el caso de las familias rumanas, de actitud aún más beligerante ante la presencia del redactor y la fotógrafa de este periódico.

Una de las casas tiene luz, según ha comprobado visualmente esta redacción, “enganchada de forma ilegal”, según los vecinos. Éstos dicen que los propietarios de esas casas están “en asilos” o viven con sus familias.

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