Calle Santo Ángel. Derecho a una calle digna

Reportaje publicado en ODIEL Información de Huelva el miércoles 8 de diciembre de 2010
Autor: Ígor R. Iglesias

La calle Santo Ángel está bendecida por el desamparo. Lo dicen los que allí habitan y todos los elementos urbanos de este lugar, que denotan en qué circunstancias se ven obligados a vivir estos onubenses, donde a la falta de un derecho tan básico como es tener una calle que no sea de tierra en una ciudad se une la ausencia total de todo servicio.

Una veintena de niños viven junto a sus respectivas familias en los 150 metros de una de las pocas calles que nunca se han pavimentado. A punto de entrar en 2011, con dos planes E ya agostados y un Proteja por venir (cuyo plan de asfaltado llegará incluso a calles donde ni siquiera hace falta), los vecinos de la calle Santo Ángel, situada en la barriada de Santa Lucía (en la zona de Marismas del Odiel), tendrán que seguir viviendo en una calle de tierra que está repleta de socavones y durante estos días de lluvia se encuentra totalmente embarrada.

Ahí es donde se están criando esos niños que cada mañana llegan al colegio (algunos en La Navidad, otros en el Molino) con los pies embarrados. Sus madres y sus padres también se han acostumbrado a que sus zapatos se ensucien como los de aquellos que viven en un campo. Pero un camino rural está en mejores condiciones que esta calle, donde hablar de desarrollo, primer mundo y demás conceptos (que aquí suenan lejanos, vacíos y demagógicos) es, sencillamente, intentar el pelo de estos onubenses a los que se les niega el derecho a que su calle se acondicione hasta que el devenir inmobiliario y urbanístico determine cómo y cuando dejarán de vivir así.

María del Rocío García Romero, que ha vivido “toda la vida” en la calle Valparaíso, en La Orden Baja, reside desde hace una década en la calle Santo Ángel y dice estar “cansada de esperar a que se ejecute el proyecto de rehabilitación de la zona, el casa por casa, que por lo que vemos se puede prolongar otros diez años más”.

“O más”, añade otra de sus vecinas, Isabel Pérez Cerco, que con seis niños (de entre nueve meses y 10 años) se ha acostumbrado a que éstos “se caigan y se hieran”.

Los niños, que también opinan sobre su lugar de crianza, dicen que quieren “un columpio”. Si estos 20 niños (en el reportaje sólo se ha tenido en cuenta a los menores de 11 años, ya que el resto son adolescentes) quisieran jugar en un parque infantil con columpios tendrían que desplazarse 700 metros hasta el único que se encuentra en la barriada del Carmen o, bien, 1’2 kilómetros hasta el parque de Nuevo Molino.

Y hay más: “No entran los taxis a la calle, ni el butano, ni la ambulancia” y “se va la luz cada dos por tres”, dice Rocío García, e Isabel y Nieves Pérez, ambas hermana, dan fe de ello. Esta última ha de preparar “muchas veces a las cinco de la mañana el biberón para mi sobrino con una vela” y, además, “ir a buscar el butano a la gasolinera de la Plaza de Toros con un carrillo porque no prestan servicio en nuestra calle”.

Aurica Lautar, de procedencia rumana, dice que su hijo de 15 años “se cayó de la moto por el estado de la calle” y Rocío García relata cómo “una mujer mayor también se cayó porque tropezó con los agujeros de la calle y todo porque el taxista decía que no entraba en la calle, que se partía el taxi”.

Es, por ello, que culpan de todos estos males a la falta de pavimentación, responsabilidad de un Ayuntamiento “que pasa tres kilos de nosotros, ya que nunca se ha visto venir a nadie por aquí a hablar con nosotros; vosotros [por ODIEL], los primeros”, dice Nieves. “En el Ayuntamiento nos dicen que no van a hacer nada porque esto lo acabarán tirando, pero podrían adecentarlo mientras vivamos aquí personas”, añade Rocío. A pocos metros de sus casas se ha habilitado un área canina: “Nos tratan peor que a los perros”, sentencia Isabel.

Adrahim El Hellaoui, que tiene tres hijos y, junto a éstos y su esposa, comparte casa con sus cuñados y tres sobrinos, se queja de que “hay ratas y culebras en la calle y dentro de las casas que pican a los niños”.

La calle Santo Ángel no es ningún cielo.

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