Pinganillos

Artículo de opinión publicado en ElPlural.com el jueves 27 de enero de 2011
Autor: Ígor R. Iglesias

Hoy voy a hablar como lingüista y también como ciudadano de este estado: España. He escuchado y leído de todo durante estos días en relación a los pinganillos del Senado y he percibido que hay quienes manifiestan una enorme ignorancia sobre la realidad de las lenguas, a quienes les conviene esa ignorancia y quienes (que son los menos) saben del valor que la diversidad lingüística representa para la mayoría y, especialmente, para los hablantes de su lengua o sus lenguas.

Yo soy andaluz, hablo una lengua que tiene dos nombres, castellano y español. Si fuera catalán, hablaría catalán y sabría hablar español (la situación de cuando hablar una y otra lengua es otro asunto, una cuestión de elección, intervenga o no la actitud o la creencia individuales o colectivas hacia cada lengua).

Yo he estado en Cataluña sin ser hablante de catalán y no he tenido ningún problema. Me han hablado en catalán y cuando he hecho saber con un gesto o con palabras que no había entendido nada, amablemente se me ha hablado en español o castellano. Cataluña es una tierra de gente abierta y amable y sin el nivel de analfabetismo funcional que sí me he encontrado en otros territorios ultraespañolistas donde por ser andaluz sí he tenido problemas (con cuatro carajotes, no con todo el mundo, como es obvio). Joan Puigcercós, por cierto, también se fue de carajote cuando dijo de nosotros (los andaluces) que somos gente que no pagamos nuestros impuestos (sus palabras fueron: “En Andalucía no paga ni Dios”). Eso fue, sencillamente, una mentira, un prejuicio y una catetada excluyente por parte de Puigcercós, que no ayuda al nacionalismo catalanista frente al nacionalismo españolista, aún más excluyente.

Volviendo al asunto de las lenguas, y relacionándolo con esa exclusión manifiesta del nacionalismo españolista, hay gente que se escandaliza más por que un catalán hable catalán con quien sabe entenderlo que por que el rey viva como un dios, cuando la Corona es un gasto innecesario. Como también lo es pagar a los expresidentes del Gobierno un salario vitalicio por los servicios prestados si se da el caso de que cobren de empresas privadas al mismo tiempo. Podría seguir enumerando cuestiones casi indiscutibles.

Volviendo de nuevo al asunto de las lenguas, la viuda de Camilo José Ceña Cela, Marina Castaño, ha dicho en televisión en referencia a los pinganillos del Senado: “Me indigna que mis impuestos, parte de mis impuestos, vayan a invertirse en eso, ¡me indigna!”. ¿Qué es lo que le indigna a usted? ¿Que España tenga cinco lenguas oficiales, dos dialectos históricos (procedentes del latín: el asturiano-leonés y el aragonés) y las modalidades lingüísticas del español (como el andaluz o el canario, entre otros) que la Constitución ordena proteger y respetar? Incluso algunas de estas situaciones (y no es el caso ni del euskera ni del catalán, se dan en situaciones de monolingüismo o de un castellano o español salpicado de formas ajenas (como sucede en algunas áreas de Galicia y en otros lugares, que no son precisamente ni Cataluña ni Euskadi), que ,curiosamente, a nadie escandaliza, en comparación con lo que le mosquean a ciertos individuos que los vascos sean vascos y los catalanes, catalanes. A mí me indigna que la fundación que dirige Castaño esté en la bancarrota recibiendo subvenciones públicas como recibe.

Detrás de ese pensamiento (y lo de la señora Castaño es sólo un ejemplo; representativo, pues preside la fundación de un premio Nobel, que fue su difunto marido) está ese tufo rancio de centralismo y castellanismo incapaces de convivir en paz con las diferencias que presentan los demás.

Habría que advertirle a Marina Castaño que el plurilingüismo es el estado natural de la riqueza lingüística del planeta, como nos recuerda el lingüista Jesús Tusón. Otro lingüista, Juan Carlos Moreno, nos informa de la diversidad lingüística en otros países: EEUU (176 lenguas), Australia (234), Indonesia (713), China (205), Brasil (195), etcétera. El problema no es la ignorancia, sino las ideas preconcebidas, observa el profesor sueco de salud internacional Hans Rosling.

Algunos culpan al bilingüismo de que haya niños y jóvenes (y yo lo extendería a adultos) en Cataluña que escriban en español con faltas de ortografía, sin observar que esos mismos niños, jóvenes y adultos comenten igual o más faltas en catalán y que niños, jóvenes y adultos de las zonas monolingües, donde sólo se habla español o castellano, cometen (en la misma proporción) faltas de ortografías y encima en la única lengua que tienen para moverse por el mundo. El problema (y es tan obvio esto que me parece ridículo tener que escribirlo) ni es el catalán ni es el nacionalismo catalanista, etcétera. El problema es la actitud de la sociedad ante la educación y la cultura: los mismos que consagran Gran Hermano frente a CNN+, por ejemplo, son más culpables que aquellos que se expresan en la lengua que han mamado en su casa y que forma parte de su cultura. ¿Quién soy yo (y quién usted), pues, para arrebatar a un pueblo sus costumbres y su cultura, incluida su lengua o sus lenguas (recordemos que la situación de plurilingüismo es más normal que la de bilingüismo y, por tanto, que la de monolingüismo)?

El español o castellano, objetivamente y con datos científicos en la mano (la lingüística es una ciencia y entre sus disciplinas se encuentran la política y normalización lingüísticas y el contacto de lenguas), no necesita de protección en ningún territorio de España, pues es la lengua imperante del Estado y no corre riesgo de desaparición. En la situación real de bilingüismo que se da en ciertos territorios del Estado, se ha hecho necesaria una normalización lingüística que iguale ambas lenguas, igualmente legítimas (el negarlo es pura ignorancia) e históricamente castigadas, censuradas, excluidas y relegadas a la clandestinidad. Ninguna lengua desaparece espontáneamente, sino por motivos extralingüísticos, por la imposición colonizadora de una realidad cultural que se impone sobre otra sin que dejar la puerta abierta a la convivencia (claro está que para ello la normalización lingüística es fundamental). Por cierto, el franquismo (ese régimen de fascismo nacionalcatólico españolista) castigó, censuró, excluyó y relegó a la clandestinidad cultural a la modalidad lingüística del andaluz; y eso también me indigna.

Pero no lo que sucede en el Senado con los pinganillos. Me indigna que haya rey, que los políticos cobren tanto, que la Iglesia reciba más de 6.000 millones de euros del Estado español (y poca gente se escandalice y no haya un debate social sobre ello) o que la libertad y la democracia (como está pasando) hagan de la cultura y el saber una opción. ¿Es libertad que alguien escoja ser un analfabeto funcional? Eso no es libertad; si acaso, una forma de neoesclavitud, entre otras cosas.

El debate de los pinganillos es perverso, porque se aprovecha una realidad (que fácilmente todo el mundo puede ver como prescindible, desde un punto de vista práctico, para ahorrar dinero) para seguir manteniendo el rechazo generalizado hacia lo diferente de lo españolista, con un discurso populista. Más se gasta el Estado en la iglesia y no hay debate.

Los gastos en políticas lingüísticas no son nunca prescindibles. Que las lenguas españolas estén en el Senado es un paso muy importante para que los pueblos que sólo hablamos el español o castellano veamos como un hecho normal que esas lenguas son también españolas, y por tanto no ajenas a nosotros. No se trata de que se hable euskera en Huelva o Sevilla (a ver quién es el primer tonto que interpreta mis palabras en esa línea), sino de acercamiento, de familiaridad, de conocernos los unos a los otros. Los prejuicios y la ignorancia llevan al rechazo y, por tanto, a la separación entre los pueblos. Es como el dicho popular: a las personas hay que tratarlas para conocerlas y saber cómo son.

No es un gasto innecesario, pues. Afirmar esto es conceder más autoridad a los que también ven con malos ojos otros gastos es cuestiones culturales e, incluso, sanitarias: ¿para qué investigar enfermedades que sólo tiene una persona de cada millón de habitantes? Lo práctico, según ese pensamiento es gastar el dinero de la mayoría en lo que a la mayoría le concierne (adiós, pues a la Ley de la Dependencia, por ejemplo) y el PP y Mariano Rajoy (en cuestiones lingüísticas, sanitarias y sociales) caminan por esa senda. Cuidado, pues, con los discursos que abogan por velar sólo por lo que es de la mayoría y para la mayoría. ¡Cuidado con el neofascismo!

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