12º día informando sobre el crimen de Almonaster: El hijo de Genaro tenía 10 años

Reportaje publicado en el diario Odiel el 8 de octubre de 2011
Autor: Ígor R. Iglesias

 

El hijo de Genaro Ramallo Guevara, Antonio, tenía 10 años en el momento de su desaparición y no cinco como trascendió desde un primer momento. Desapareció en julio de 1993, dos meses después de hacer la Primera Comunión.

Antonio Ramallo Gutiérrez nació en 1983. Cursaba cuarto de EGB (Primaria) en el Colegio Público Los Rosales cuando desapareció. El niño estaba de vacaciones. Antonio era un estudiante aplicado: no le quedó ninguna asignatura para septiembre y era el reflejo de su padre, Genaro, un hombre inteligente y culto.

Físicamente, Antonio Ramallo también se parecía a su progenitor. Los genes de su padre (1959), indígena boliviano, predominaron sobre los de su madre, María del Carmen Espejo Gutiérrez (1967), sevillana de nacimiento.

Sus compañeros de clase vieron a Antonio Ramallo por última vez en la fiesta de fin de curso de aquel año. Días después nadie supo más de este niño, con el que sus amigos jugaban a la pelota y “a la Nintendo”, indica David, uno de aquellos niños, por entonces, que nunca ha olvidado a “mi mejor amigo de la infancia”.

Antoñito, como lo llamaban las vecinas de su barrio, Los Rosales, en Huelva capital, se hizo querer por “lo educado que era”, reflejo de lo que todo el mundo dice que eran sus padres.

En mayo de 1993 recibió su Primera Comunión en la Iglesia de San Rafael, situada entonces en un local comercial frente al centro de salud del barrio.

Como a cualquier niño de su edad, los padres lo apuntaron en clases extraescolares en su colegio. Allí, dos veces por semana recibía clases de Judo. Llegó a tener cinturón amarillo–naranja y era, como en las letras y las cifras, como su padre: alguien dotado para la habilidad física, a pesar de ser un niño, que por su herencia genética, era “bajito y gordito”, dice un excompañero de judo.

Todos los que conocieron a Antonio lo querían y nunca se metió en peleas de patio y tampoco nadie quiso esperarlo a la salida del colegio. Ni él esperó a nadie.

Antonio era un niño extrovertido y su desaparición no pasó desapercibida, a pesar de que no hubo impacto mediático alguno. Ningún medio de Huelva ni de Sevilla, donde reside la familia materna de Antonio Ramallo, informó sobre la desaparición de un niño y su madre, ni en aquel año de 1993 ni en 1994.

Quizá el motivo estuviera en que quien no desapareció fue el padre y marido, respectivamente, de ambos, Genaro, que contó entonces y a lo largo de los años que María del Carmen Espejo Gutiérrez y el hijo de ambos se fueron a vivir a Madrid, tras una supuesta ruptura sentimental.

Esta historia fue la que Genaro contó en el colegio, en el barrio, en el bloque de pisos de Huelva en el que vivían, en Almonaster, en la aldea de Calabazares y a la Policía Nacional cuando lo interrogó meses después de la desaparición, en 1994. El jefe superior de la Policía Nacional en Andalucía Occidental, Antonio Jesús Figal, indicó este lunes que el padre de Antonio, Genaro Ramallo, detenido por el crimen, “nunca presentó denuncia porque según aseguraba que ella lo había abandonado”.

El cadáver del niño fue hallado junto a los huesos de su madre y su bicicleta en un pozo de una finca propiedad de Genaro Ramallo Guevara.

En el momento de la extracción de los huesos, el tamaño del fémur y del cráneo del niño determinaron una edad aproximada de cinco años, en términos forenses, ya que la exactitud de la identidad solo podrá venir determinada por las pruebas científicas al respecto.

Los huesos fueron enviados al laboratorio forense de la Policía Científica, en Madrid, para la identificación de ambos cuerpos mediante la prueba del ADN, cotejando el de las víctimas con el de los familiares de éstas.

No obstante, durante la extracción de los huesos del pozo los agentes de la Policía Judicial comprobaron cómo los restos óseos pertenecían a un niño y una mujer, deducido los de esta por la pelvis, que en el sexo femenino presenta ciertas características: las paredes de la pelvis son menos gruesas que en el hombre, la sínfisis pubiana (articulación cartilaginosa localizada sobre la vulva, que no permanece a la largo en el cadáver)está a una altura menor y es más ancha, más corta y más abierta.

En cuanto al cadáver del menor, la longitud de los huesos y las dimensiones del cráneo determinaron preliminarmente que se trataba de un niño.

La Policía buscaba en la finca a María del Carmen Espejo Gutiérrez y a su hijo Antonio Ramallo Guevara, teniendo pleno conocimiento por parte de los agentes encargados de la investigación de la edad de la mujer, 26 años, y del niño, tan sólo 10.

Los agentes buscaban a una mujer y su hijo y hallaron unos cadáveres de una mujer y un niño, cuyos huesos presentaban una longitud inferior a los de cualquier menor de 10 años, de ahí que sólo se haya podido decir, por parte de las fuentes consultadas por esta redacción desde el 18 de septiembre, lo único que desde tales fuentes se ha podido afirmar con certeza. No obstante, preguntadas ahora por este dato, se confirma que existen evidencias para sostener que los huesos que se hallaron en la finca de Almonaster corresponden con Antonio Ramallo Espejo.

Genaro Ramallo Guevara remitió al diario Odiel una carta, enviada desde San Cugás del Vallés (Barcelona) el 27 de septiembre, tres días antes de ser detenido en Toulouse (Francia). En el escrito, dirigido al director de Odiel, explicaba que “la que era por entonces mi mujer y mi hijo hacían camping en una propiedad que yo adquirí cerca de Almonaster” y que “fue allí donde encontré sus cuerpos sin vida”.

EL MEJOR AMIGO DE ANTONIO:

David Gil Hidalgo era el mejor ami-go de Antonio Ramallo Guevara. Está impactado por la noticia del hallazgo del cadáver de su amigo de la infancia.

“Siempre lo he echado de menos”, dice David, que perdió la pista a su amigo hace 18 años. Ha sido duro para él y para el resto de la pandilla que con los años, siendo luego adolescentes y ahora adultos, algunos con sus propios hijos ya, se han preguntado que fue de aquel niño con el que crecieron en el colegio, “desde prescolar”, y con el que hicieron la Primera Comunión.

Antonio no se despidió de sus amigos. El hijo de Genaro no sabía que el último día que salió de Huelva, rumbo a Almonaster para hacer camping en familia, sería la última vez que estaría cerca de los niños que formaban parte de su vida.

Los amigos que dejó en su barrio de Los Rosales preguntaron en repetidas ocasiones al padre de Antonio, Genaro, por el paradero de su amigo: “Nos decía que se había ido a Madrid a vivir con la madre”, explica David. “Luego le he preguntado varias veces y la última vez fue en junio y ya me decía que se dedicaba a vender oro con la madre, allí en Madrid”, apunta el mejor amigo de Antonio.

“Lo que más nos ha extrañado a los amigos y es algo que hemos comentado muchas veces es que nos decía que no tenía su número de móvil, ni un email ni nada”, algo que en un chaval de 28 años, edad que podría tener ahora Antonio, “no es normal”, ya que lo habitual en estas edades es comunicarse entre los amigos a través del móvil, del correo electrónico, de Tuenti, del Messenger o del Facebook. “Me pregunto cómo entonces el padre localizaba a su hijo, porque a mi me dijo que iba a verlo a Madrid y que se encontraban en un parque”, expone David.

Esto concuerda con lo que señaló este lunes –y publicó el martes el diario Odiel– el jefe superior de la Policía Nacional en Andalucía Occidental, Antonio Jesús Figal: Genaro “llegó a asegurar que se veía regularmente con su hijo en el Parque del Retiro” de Madrid.

David, que está “muy afectado”, como toda su familia, con el cruel desenlace de aquella extraña desaparición, recuerda cómo “estábamos juntos en judo” y cuenta que “Genaro jugaba con su hijo y conmigo al boxeo, con unos guantes que tenía en su casa”, situada en el mismo bloque en el que habita David. Genaro Ramallo “había sido boxeador en su país”.

También “jugábamos a la Nintendo” y “echábamos las tardes haciendo la tarea juntos” y “jugando en la calle con el resto de niños”.

Antonio “estaba en cuarto de EGB y yo en un curso menor”, pero sus juegos en el recreo del Colegio Público de Los Rosales no se borran de la memoria de este joven onubense.

Aquellos años felices fueron “geniales”, recuerda con llorosos ojos David, que echa “de menos” a aquel amigo suyo que ya no volvió más.

Cuando David se enteró del hallazgo de dos cadáveres, de una madre y su hijo, en una finca propiedad de un hombre de nacionalidad boliviana llamado Genaro dedicado a dar clases particulares en Huelva, “se me encogió el corazón”.

En su casa fue “un impacto” y, “al principio, no queríamos creer que se tratara de Antonio y su madre”, explica.

Los amigos de Antonio tardarán tiempo en recuperarse de este choque emocional, tras saber que su amigo no se fue; lo asesinaron.

“Yo jugué con la bici que se halló en el pozo”

La bicicleta con la que fueron hallados los cadáveres de Antonio y su madre sirvió de juegos para los niños que compartieron infancia con la víctima.

David Gil Hidalgo recuerda aquella bicicleta: “Yo jugué con la bici y la recuerdo perfectamente”, expone.

Aquellas calles de Los Rosales de principios de la década de 1990 eran el escenario para los juegos infantiles de los niños que tras, su jornada en el colegio, por las tardes salían a jugar juntos.

La bicicleta “era como las de la época”, dice David, “pero no recuerdo bien qué marca”, si una California BH o una Orbea Furia.

El caso es que “son muchos los recuerdos que me trae haber visto elementos que forman parte de mi infancia y que compartí con Antonio”, indica David Gil.

“Yo estuve con Antonio desde preescolar en el colegio”, indica, pero no siempre la víctima y sus padres vivieron en el mismo bloque. No ha trascendido dónde residían antes de llegar en 1990 a aquel en el que los compañeros de clase fueron vecinos hasta la desaparición y muerte de Antonio y su madre.

El caso es que desde los primeros cursos de la etapa infantil Antonio Ramallo Espejo estuvo en el Colegio Los Rosales con David y otros tantos amigos más, con los que compartió “juegos de patio, deberes escolares, actividades en grupo, obras de teatro y el judo”, recuerda David.

Este estuvo en clases de judo con Antonio “hasta que me quité porque mi madre se enteró que una niña se rompió el brazo y cogió miedo a que me lesionara yo”. Antonio “siguió en judo” hasta la citada desaparición.

“Antonio venía a comer a veces a mi casa y echábamos juntos la tarde”, dice David, cuya casa entonces se encontraba en la misma planta, hasta que la familia de Gil Hidalgo se trasladó hasta el tercero del bloque de pisos donde Genaro sigue teniendo la vivienda que adquirió con la madre de Antonio cuando este tenía siete años. Un piso de VPO de 70 metros cuadrados donde David y Antonio también compartieron juegos.

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