Les quitaron su casa, la de su madre, siguen pagando al banco y la casa en la que viven de okupas se cae

Reportaje publicado en el diario Odiel el 13 de octubre de 2011
Coautores: Ígor R. Iglesias / Tomás Rodríguez

Les quitaron su casa, la de su madre y ahora la vivienda en la que viven de ocupa se cae. La vida ha golpeado duramente a la familia de Antonio, paradigma de las consecuencias de una dura crisis que da la espalda a las personas.

Uno de los pilares que sostiene la vivienda en la que residen Antonio y su familia está sobre sus cabezas, junto al sofá en el que comparten vida este hombre, su esposa María del Mar y los hijos de ambos, Ismael y José Antonio, de 7 y 11 años de edad.

La vivienda se encuentra en el barrio de Santa Lucía, en la última parte de casas bajas conocida como la Gavilla, que está siendo engullida por grandes bloques de pisos, a los que estos onubenses están ajenos.

Para Antonio y su familia, el único cobijo con el que cuentan después de que la crisis les obligase a tener que abandonar el piso en el que se metieron es este.

Viven de 2008 en esta casa, situada en la calle Carretas, que llevaba 11 años abandonada cuando se quedaron con lo puesto, en la calle. La dueña de la casa se la cedió, para que, al menos, tuvieran un techo sobre el que vivir.

“El terreno está cediendo por la maquinaria que está trabajando en las obras de los bloques de piso de aquí al lado y esto es una marisma y la casa está cediendo”, indica muy preocupada María del Mar, que ve cómo sus hijos lo están pasando verdaderamente mal.

La infancia de estos niños se ha visto truncada, víctimas de una crisis que no tiene piedad. El mayor de los menores, de 11 años de edad, dice “tener miedo por las noches cuando duermo, porque los techos crujen y creo que se van a caer”, expone José Antonio.

Este niño indica que “no pego ojo por las noches y cuando me levanto por las mañanas no tengo ganas de nada”.

Su infancia se inició en una familia que soñaba lícitamente con tener la mejor vida para sus hijos. Pero todo se truncó el día en el que el banco se apropió de su casa, de la de su abuela y se vio obligado, junto a su hermano y sus padres a vivir de ocupa en una casa en la que cuando llueve entra el agua y lo inunda todo.

Que lleguen las lluvias y el frío es otra de las preocupaciones de la madre:“Ahora cuando lleguen las lluvias nos mojaremos, porque por los techos, las paredes y las ventanas entra el agua”, expone María del Mar Acevedo.

Esta madre y el padre de los niños, Antonio, están pasando verdaderamente mal, pero no pierden la esperanza de que la vida vuelva a sonreírles.

El banco los desahució, pero siguen pagando. Antonio y su familia vivían en un piso que les costó 26 millones. Entonces la vida les sonreía y ni Antonio ni María del Mar podían pensar entonces que perderían su recién adquirido piso en Las Colonias, una vivienda cuyas condiciones distan mucho de las que les ha deparado el destino, la vida que viven ahora.

Para el banco no bastó quedarse con el piso. El valor del piso pasó de 26 millones a 15 y como los números no entiende de humanidad alguna, también la madre de Antonio perdió su casa, ya que ésta avaló con su propiedad de Punta Umbría la operación bancaria por la que se le concedió a esta familia un préstamo hipotecario para la adquisición de su vivienda.

Tampoco bastó con las dos casas. Ahora cada mes, Antonio y María del Mar han de pagar 400 euros al mes durante los próximos 30 años, hasta que liquiden los 97.000 euros que todavía le deben al banco.

Están atados de pies y manos y su margen de maniobra, pues, queda reducido a la nada.

Son las duras consecuencias de la crisis económica, que se está cebando con las familias más desfavorecidas y con aquellas que, como esta, comenzaban a soñar con una vida digna para sus hijos, a los que se les priva de sus propias ilusiones.

Los niños no están ajenos a lo que está sucediendo y, aunque el pequeño no lo expresa como lo hace el menor de 11 años, también, con sus 7 años de edad está sufriendo en primera persona un problema que está marcando la infancia de estos niños y ha truncado los sueños de estos padres.

El futuro que les espera es seguir pagando los 400 euros al mes al banco, como si tuvieran casa, seguir en vela, vigilantes para que no les sorprenda el desprendimiento de la casa que ocupan y no perder la esperanza, lo único que el banco no les puede quitar.

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