La presentación del libro ‘Poemas del enemigo’, de Miguel Arias

Miguel Arias presentación libro Miguel Arias presentación libro2A continuación, reproduzco aquí una copia (por escrito) de la presentación que hice el jueves pasado, 24 de abril, del libro ‘Poemas del enemigo’, de Miguel Arias.

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A mi entender, hay dos tipos de actos cuando se tienen a un autor y su libro en el atril, la tarima o la mesa, ante el micrófono de una sala como esta, en todo caso.

Un tipo de acto es aquel en el que el autor viene a hablarnos de su libro. Ahí no tiene sentido hacer una presentación larga, prolija: breves apuntes del autor y que sea él y el público quienes conversen, que para eso es a él a quien han venido a ver después de haber leído seguramente una obra que ya estaba desde hace tiempo en el mercado del libro.

Otro tipo de acto es este, el que aquí nos reúne: la presentación de un libro, de un libro nuevo, apenas estrenado, apenas roto, apenas releído una y otra vez, no redescubierto con cada nueva lectura. Además, el autor, como el difunto que ha manifiestado sus voluntades o el condenado a muerte en una película americana que pide un suculento y caro último menú, ha pedido para esta especie de bautismo, en la víspera del día del libro, este tipo de presentación.

Así que esto puede parecerse mucho a un juicio, sin juez, pero con muchos miembros del jurado; un fiscal ficticio (aunque no impostor) y un poeta-reo-juzgado y condenado socialmente, que ha dejado la toga no nos importa dónde y se sienta ahora en el banquillo.

He aquí a Miguel Arias, un poeta que se parece en lo personal-público (lo personal-privado sólo le incumbe a él y los suyos) a otros grandes: Jaime Gil de Biedma también estudió Derecho y se dedicó profesionalmente a asuntos muy alejados de la literatura, la filología, la enseñanza. También el chileno Neftalí Ricardo Reyes.

Este tipo de majarones y hombres rectos tienen algún tipo de desdoble… En realidad como el resto de los mortales. Lo interesante es la otra parte, el otro yo, que es donde, entiendo, estos grandes se diferencian de los otros: una sensibilidad para usar lenguaje de un modo peculiar, ni más alto ni más excelso, como los propios poetas acostumbran a creer: sólo diferente, tanto como para conmovernos.

Tanto elogio, en lo poco que pueda conocer a Miguel, si alguna vez se llega a conocer a alguien del todo con el tiempo, y no se le conoce en nada con una buena conversación y otras sesiones de buena química, sé que abruma a nuestro acusado, este reo de las letras atrapado ya para siempre en dos obras magníficas: su primera novela, que en este tribunal de las letras y la cultura presentó hace unos meses, y su nuevo alegato, esta vez lírico: Poemas del enemigo.

No crean ustedes a ningún poeta cuando les digan: aquí quise decir esto, aquí dije aquello. Ni siquiera se crean a ustedes mismos, en su desdoble de lectores e interpretadores (casi de juzgadores y degustadores). El poeta escribe y como un pintor dibuja y desdibuja la realidad, la pinta a su forma, a su modo, y ni siquiera tiene que ser él quien hable. Aunque también pueden ustedes creerlo y confiar, por supuesto, en su juicio propio, en el de ustedes.

La verdad es que el autor es uno y el yo poético, como el narrador, es otro. “Doble o nada”, como reza el primer poema. Forma parte de ese mundo posible que el poeta ha dibujado para huir de este (¿el mundo imposible?). No tiene por qué ser una huida. También puede ser que este poeta haya querido confesarse. Entonces es el yo poético quien lo interpreta, como el protagonista de una obra de teatro o de una película.

Poemas del enemigo es un poemario basado en hechos reales. El actor que aquí actúa es el yo poético que interpreta a una mínima pero esencial parte del director, guionista y persona cuya vida es plasmada verso tras verso a lo largo de 61 páginas. Una mínima parte o máxima; sólo el autor lo sabe bien en carne propia.

Este “animal que cada tarde enmudece” cuelga la toga, los libros del Estado, sus banderas… y nos sumerge en una “patria de mimbres y estaños”, golpeado con el aire de un caballo encendido y enfurecido por “puentes que parecen avenidas , con sus brazos extendidos sobre los inmensos humedales”.

Este “animal que cada tarde enmudece” niega la primavera de los árboles y lanza mensajes en esta botella rectangular hecha de papel y editada en Granada, a los otros navegantes, a los compañeros de viajes del otro lado del mar: “Las ciudades inventadas no existen”. Y quien llega a una nueva ciudad “ignora que la ciudad a la que llega / es sólo una prostituta de saldo / con la frágil memoria del amianto”.

En esta “patria de mimbres y estaños”, “las patrias no existen”, sólo la libertad poética de la anarquía para los valientes (entendemos que ustedes) que quieran descubrir cómo “las palabras a veces tienen vida propia” –no importa qué tengan que decir los lingüistas; total, nadie nos echa mucha cuenta–.

Este animal y esta patria no esconde “la mirada al hombre que […] saluda” al poeta. Aquí no hay viles, malvados, vergonzosos y sucios desahucios: aquí se “tapa su frío”. En esta patria se huye “sin límites rumbo a las nubes oscuras / de tantos edificios dibujando abismos / en el hormigón de los parques”. Hay “una ciudad futura que a todos nos cobija / protegidos con una fina película de maquillaje / para presevar el rostro / de una luz inhabitable / allí donde las manos no llegan, y los abrazos claudican”.

En esta “patria de mimbres y estaños”, “el hombre no existe”, pero sí la buena poesía, los buenos versos: “Me basta con ocultar la desidia de las horas / escondiendo mi garganta en un zulo de alquitrán, como quien llora”, dice el poeta.

No hay frente en alto, no hay sol deslumbrante. Pero qué agudeza visual, “contemplando las filas de hormigas / que se cuelan por las grietas de un suelo fragmentado, / […] / que tus amigos ya deshabitaron”. No extraña que la “ciudad” sea o esté “maldita” y sus “aceras”… “sucias”.

Sin embargo, hay un lugar para “el sonido / de los días cálidos” en el que hallar a nuestro poeta. Al menos el yo poético pide que los busquen: “Buscadme, si no, entre los pájaros del exilio / que golpea su ceguera / de idas y venidas huyendo de los perros homicidas”.

Un Brad Pitt que mata lentamente es este yo poético que canta a una muerte “por la espalda” para los “traidores” y que se entrega “para seguir muriendo después de la muerte”.

En esta “patria de mimbres y estaños”, también “hay un laberinto de patrias sin colores”, aderezados con “una lluvia clamorosa de adrenalina envenenada / vertiendo ácido en las playas hermosas / del silencio y la quietud”.

Ni el poeta ni el yo poético de la poesía del poeta han venido aquí para hablar del amor. Hay dolor, que “no es un camino, / es un puerto de buques herrumbrosos”. Mi cuerpo no me quiere, dijo alguien en otro sitio.

Aquí “las ambulancias no llegan”, “la Historia del Tiempo / se detiene… / en el rojo de los semáforos”. Y hay lugar para contemplar “la ansiedad de las lagartijas”, “el mar de los escombros”, “los juguetes de la infancia”, “el aire de la tarde”, el lugar “donde nace el Olvido”, “en el océano Atlántico del insomnio”, pero naufrago y desahuciado por “seres invisibles”, que “lanzan sus jabalinas contra mis brazos y mis piernas”, enemigo cruel que “se esconde en el calendario”: el tiempo, “un asesino vestido con harapos, / un canalla emboscado en los adentros / […] un timador”.

No hay ni Uruguays ni ser ni estar para otra noción de patria, para siquiera “un día sin dolor [, que] es pura lujuria”: hay un continuo “volver de nuevo a las trincheras sucias de agua y barro”.

En la otra noción de patria, la ternura es zombie, “caníbal”, no “caballo desbocado” ni “jinete”: es otra tregua, otra: alimento mutuo durante la “tormenta”.

¿Quién llama a las once y media, Miguel Ángel? ¿Quién te busca al mediodía? ¿A quién persigues en tu soledad en la noche? No hay yo poético ahí. Ese dolor se conjuga en pasado. (Aquí vale un guiño).

A los poetas no se les puede dejar solos. Aunque por salud mental del o la acompañante debería haber leyes al respecto. Dejemos que se suicide: adelante, yo poético. Pero no, él nos incita, con frases cortas, mientras el poeta se esconde en un pelo desordenado, que no se escribe en pasado. Y mientras, el otro, el yo poético filosofea sin suicidio: “La vida como la muerte es pura cuestión de suerte”, dice. Y nos deja en la calle pidiendo que se tire. Porque la muchedumbre, cierta muchedumbre es como la noche que persigue “con dedos afilados y luna menguante”. ¿O son los Estados o la Humanidad misma? Con su parafernalia de tigre que deja rastros húmedos y un olor insoportable, en un mundo con virus de ceguera, recuerden a Saramago y, che, también Borges. El poeta (¿acaso el yo poético?) sabe donde quiere despertar –“y no pude hacerlo”, dice–, donde “huir de los hierros enrejados”. 

Escuchemos de este acusado su último deseo: “Ojalá / solamente fueras una sombra”, dice. Sí, es verdad, hay un enemigo a las puertas, “como una amante despechada”, que lo retiene “como un trofeo”.

Y amenaza, pero sólo es legítima defensa, con morir consigo y arrastrar al menos un dolor (no sabemos si el resto) hacia el olvido, hacia la tregua infinita, la pura lujuria de una muerte de la que no se despierta –no hay monedas para una vuelta, no hay anábasis posible–. Una muerte a la que sobrevivirán geometrías variables, poemas del enemigo y otras letras de Arias Senso.

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