“¡Es el fascismo, idiota! La prensa conservadora española cierra filas contra ‘el moro'”, en Diásporas, suplemento del diario Público

Artículo de opinión publicado en el magazine Diásporas del diario Público el viernes 30 de enero de 2015

Público

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Autor: Ígor Rodríguez Iglesias

Opinión | Ígor Rodríguez Iglesias | Diásporas / Público
Durante los primeros días atendimos estupefactos a una oleada de discursos particulares visibles a través de las redes sociales donde ciudadanos de a pie exponían su parecer, normalmente xenófobo. Enseguida se recordaron advertencias ya realizadas, por ejemplo, las de A. Pérez-Reverte: “Es la Guerra Santa, idiotas” –porque se lo dijo un amigo de cervezas− (XLSemanal, 1 de septiembre de 2014) o que “seremos todos decapitados” (en su Twitter, 16 de septiembre de 2012).

Comenzó a proliferar la polarización nosotros/ellos.Los lingüistas que nos dedicamos a estudiar los discursos sabemos que todo lo dicho, lo escrito o lo representado gráficamente comporta un orden social, una ideología. Ese día y el siguiente fluyeron ideologías de la desigualdad, promulgándose el racismo, la discriminación religiosa y la xenofobia, focalizándose hacia los musulmanes y árabes. Ni que decir tiene que muchos de los discursos observados asimilaban musulmán y árabe y, con ellos, fundamentalismo y terrorismo.Comenzó a fluir un discurso de la endo o autodefinición y de la exodefinición. En el ejemplo de Pérez-Reverte, se puede observar esta dicotomía simbólica de un grupo, nosotros, “los romanos”, frente a ellos, “los bárbaros”.

En un artículo de ABC, del 8 de enero, Ignacio Camacho indica, en la línea de Reverte, que “hay una guerra y la podemos perder porque nosotros dudamos y ellos no”. El propio Camacho define el endogrupo y el exogrupo desde su particular punto de vista:

“Nosotros: los europeos, los occidentales, los partidarios religiosos o laicos de organizarnos en democracia y vivir en libertad. Ellos: los integristas islámicos, los fanáticos del Corán y su yihad que crecen y se multiplican en las sociedades libres aprovechando su flexibilidad multicultural”.

En este “ellos” queda excluida la mayor parte de la población de los países donde una considerable parte de la población se dice practicante del Islam, países puestos en entredicho. Se excluye también a las comunidades y grupos de extranjeros y −en España, Francia, etc.− procedentes de países árabes ­­–un 20% del total musulmán aproximadamente− y sus descendientes, que, obviamente no son extranjeros y que están plenamente integrados en las sociedades europeas, con independencia del dios al que recen. Es clave la demonización del multiculturalismo, que este y otros opinadores hacen definidor de aquellas sociedades que presentan ante sus lectores (consumidores de ideología), paradójicamente, como cerradas. Por su parte, la democracia y libertad europeas son presentadas como contrapuestas al multiculturalismo (!) en estas particulares visiones, “funesto”, en opinión de otra firma de ese diario, que enseguida veremos.

Ignacio Camacho insiste en esta dicotomía simplista (europeo vs. bárbaros) en estos términos: “Esta civilización, la occidental, la democrática, es con todos sus defectos mejor que las demás […] una sociedad abierta, culta, desarrollada, cívica, a veces fútil pero no tan estúpida como para dejarse destruir en nombre de su propia trivialidad” (ABC, 9 de enero de 2015). Es decir, se presenta todo aquello que no es Europa y europeo como cerrado, inculto, subdesarrollado, incívico y trivial. Este etnocentrismo no oculta la radicalidad de este pensamiento eurocéntrico y de su postura, que “significa negarse a comulgar con las verdades declaradas del relativismo”, que, como se infiere, es presentado como negativo frente a un positivo eurocentrismo.

Las críticas al relativismo y la exaltación del eurocentrismo frente a las otras formas (desvalorizadas, deslegitimadas) también forman parte del aparataje discursivo de otro opinador de ABC, el locutor de Onda Cero Carlos Herrera, que el mismo día, 9 de enero, escribía sobre “Occidente” frente a “otros”, que, “cuando ese sistema se desmenuce, […] lo acabarán ocupando y lo harán con normas ajenas a todo lo que la única civilización presentable ha conseguido”. No sólo la “única presentable”, sino “la única”: el día anterior, en su editorial de Onda Cero, hablaba del atentado como “un golpe contra la civilización de Occidente, que es la única civilización que hay”. Civilizados frente a la barbarie. El concepto de civilización (francés, por cierto) sólo se puede entender en su nefasta esencia asociado al colonialismo (etnocidio, tráfico de seres humanos, etc.). Así, no es de extrañar que fuese importado y explotado por países como Inglaterra o España, despojándolo ideológicamente durante los últimos tres siglos del racismo que implica (no es casual que aparezca en el siglo XVIII, donde la dicotomía que se sigue presentado como contemporánea formaba parte del aparataje discursivo colonial del momento).

Para Herrera existen “perfectos cómplices”: “la izquierda europea, esa cosa tan amorfa en plena descomposición descontrolada”. Y todo, en su opinión, con un fin: “la búsqueda de nuevos proletarios”, que, según el autor, vendrían a ser los islamistas, a quienes, según Carlos Herrera, esa izquierda europea vería como “una nueva forma de protesta social”, algo incomprensible para el locutor y articulista, ya que de este modo estarían “defendiendo culturas extraordinariamente ajenas a sus utopías revolucionarias y desatendiendo la propia, la que le ha hecho llegar hasta aquí en mucho mejores condiciones que sus supuestos protegidos” (ABC, 9 de enero). Esta última frase es reveladora de una estrategia de condescendencia, que refleja la relación de fuerza de clases, que sociológicamente sólo se emite desde la dominante: concede a esas “utopías revolucionarias” logros, incluyéndolas en el resto del endogrupo.

El discurso de Camacho no solo polariza los grupos en europeos/yihadistas, sino que habla de multiplicación, lo que implica que hay personas que de no ser “integristas islámicos” pasan a serlo. ¿Quiénes son: los llamados moderados, los cómplices de los que habla Herrera? Se enciende el foco de la sospecha sobre los musulmanes en general: Serafín Fanjul −citado por Carlos Herrera en uno de sus artículos, buscando legitimidad a su discurso, al ser Fanjul filólogo semítico e ideológicamente muy cercano a Herrera, a la luz de sus artículos− no lo tiene claro: “Si existen musulmanes moderados, que aparezcan” (ABC, 19 de septiembre de 2006). Para ser justos, Pérez-Reverte sí habla de ellos: “Se trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico” (XL Semanal, 28 de septiembre de 2014).

La dicotomía se propagó rápido en las redes sociales también con diversas viñetas: musulmán atropellando a cristianos (¿cuántos musulmanes que conducen sus vehículos por las carreteras españolas o francesas han arremetido contra los peatones en un acto de asesinato masivo?); Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, a caballo, a luchar contra ¿“300 moros”? (de ABC, por cierto); el actor Guillermo Toledo presentado como el “arma más destructiva” de España junto a encapuchados armados gritando: “Alá es grande” (también en ABC); o la última y más reciente: “Una muñeca musulmana que habla”, pero que “no sabemos qué cojones dice porque nadie tiene huevos de tirar de la cuerda” (visto en las redes sociales). Todo acompañado de multitud de comentarios xenófobos, racistas y acusadores a diestro y siniestro.

Y llegó la apología de la venganza, de la violencia, en definitiva: “Francia venga a sus muertos”, portada del 10 de enero de ABC. El silencio de las asociaciones de prensa es indignante, no así el de periodistas que particularmente han llamado la atención sobre estos asuntos.

Las tendencias en Twitter revelaron cómo en España, durante los primeros días, se colocaba el hashtag #StopIslam en segunda posición. En Francia, la tendencia segunda era #IslamNoCoupable. La primera, #CharlieHebdo y #JeSuisCharlie, respectivamente.

En diversas ciudades españolas surgieron pintadas racistas y xenófobas contra los musulmanes y, en particular, los magrebíes.

En aquel editorial de Onda Cero de Carlos Herrera, éste decía a sus oyentes: “Vamos a ver lo que tarda el coro de meapilas, que son una secta en España, en pedir que no se criminalice al Islam”. Lo que importan son las dicotomías, cuantos más simples, mejor (los buenos, que somos nosotros, frente a los malos, ellos, por supuesto), además de la descalificación como apoyo argumentario.

Mis palabras pretenden ser un llamado a la responsabilidad de las élites simbólicas, de los que están en uso de la palabra con proyección colectiva (periodistas, profesores, políticos, escritores, etc.), para que alcen la voz contra estas formas de injusticia: la de unos discursos que alimentan el odio, que polarizan, que se sitúan en una posición en la que pretenden hablar por todos (los europeos) y sólo están sirviendo a sus propios intereses de grupo social (clases dominantes), no a la humanidad misma y el deber y derecho que tienen los pueblos de entenderse, cooperar y convivir.

*Ígor Rodríguez Iglesias es investigador de la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad de Huelva. Área: Lingüística, Estudios del Discurso.

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