“En euskera, no. Ideologías lingüísticas, racismo y desigualdad social”, en diario Público

Análisis publicado en Público el 1 de mayo de 2015
Público
Autor: Ígor Rodríguez Iglesias

La discriminación lingüística no conoce límites ni formas. El último episodio conocido, por mediático, es el que han protagonizado dos periodistas ante el entrenador del Eibar y, posteriormente, la también periodista Samanta Villar.

El responsable de prensa del Almería hizo bien en mostrar su indignación, tras recordar a aquellos periodistas deportivos que, como es habitual, primero se responde en la lengua en que se pregunta y, seguidamente, en la que se habla en el lugar.

Estos periodistas antepusieron su ideología lingüística a los propios principios periodísticos y a otras normas de comportamiento social a las que aludió el jefe de prensa del citado equipo de fútbol. Hay una ideología imperante, dominante que confunde y entremezcla cuestiones administrativas, políticas, sentimentales, lingüísticas, etc. Está claro que cuando decimos ‘confunde’ nos referimos a personas, no a entes abstractos. Algunas, sí, confundidas, pero no todas, conscientes estas últimas de lo que sucede cuando se pone sobre la mesa eso de que en España se habla español y el que quiera catalán, vasco, gallego, etc., que lo haga en su casa. Es un discurso que suena a planteamientos propios de una sociedad no plural, no libre, no democrática, no respetuosa; una sociedad que creemos pasada. Andamos aún, en más aspectos de los que admitimos y reconocemos, anclados en el pasado (franquista). A quien le hayan contado que lo sensato, moderno, cool o guay es hablar una lengua que todos entiendan, que se dé por estafado. Y no será en lo único. Otro día se lo contamos.

Ideologías lingüísticas hay muchas, pero la que censura otras formas de hablar (próximas o lejanas, pero diferentes) es etnocéntrica, etnocida en algún grado, racista al fin y al cabo, en el sentido de que comporta un prejuicio étnico (lo discursivo es una práctica social en sí), no importa si el marcador es el color de la piel, la nacionalidad o el habla. Discriminar a alguien por su lengua es, además, un abuso de poder, porque supone colocarse en una posición en la que el actor cree tener de antemano un cierto poder social sobre el otro. Hizo bien, pues, el entrenador del Eibar en levantarse e irse.

Tengo la impresión de que las ideologías lingüísticas funcionan en diversos planos, en espiral y con efecto boomerang ante un cambio de rol. ¿De qué manera, en este caso concreto, se ostenta ese poder? Estos hablantes almerienses con el español en la mano arremeten contra el euskera. Recuerdo un capítulo similar con el catalán hace unos años en otro estadio. Esto pone de relieve la relación de fuerzas que existe entre grupos diferentes, en el que se pone de manifiesto qué grupo es, en realidad, el que está en una situación más débil, de deslegitimación y desvalorización. Qué lengua es minorizada. Lo curioso es lo que ocurre cuando estos mismos sujetos adquieren otro rol en relación a la lengua, es decir, cuando usan la lengua legitimada en esa relación de fuerzas, cuando usan el castellano (o español, el nombre es lo de menos). En este caso, es la lengua (no legitimada) de los antes discriminadores la que aparece en una situación de deslegitimación o desvalorización en ese mercado lingüístico, que diría Bourdieu, ante la lengua (legitimada) de los ahora capitalizados con un recurso simbólico legitimado.

Todos estos tira y afloja responden a un sistema social de desigualdad, de discriminaciones que van más allá de lo territorial, que se circunscribe a lo social, en el que las lenguas juegan un rol fundamental, por ser articuladoras de procesos sociales, y porque, entre otras cosas, el Estado moderno las ha asimilado (falsamente y con objetivos de control y dominación muy claros) a la artificial (en el sentido de construida a partir de un momento determinado) y política idea de nación o, mejor, Estado-nación. Incluso la misma idea de lengua es un constructo artificial que genera no pocos problemas para una convivencia y comunicación adecuadas entre diferentes grupos (ya sean muy diferentes o no entre sí). El lector debe de advertir que el momento actual se caracteriza por una deconstrucción epistemológica en todo lo que tiene que ver con la sociedad, incluida la lengua y su ciencia, la lingüística (desinventar las lenguas, se ha dicho).

Lo que ocurrió el otro día entre los periodistas aquellos y Garitano no es una cuestión de ‘no enterarse’, en el sentido de no comprender una lengua: tiene un calado ideológico lingüístico y político, en el que el nacionalismo españolista es juez y parte. Adviértase que, incluso en personas que se tienen por progresistas y que en la mayor parte de sus actos y discursos lo son, aflora este nacionalismo, en muchísimos casos sin saberlo, un nacionalismo excluyente y que, al negarse, toma la aparente forma de invisible. Los nacionalistas son los otros; el nosotros se viste de legitimidad absoluta, eterna, incuestionable. Hacerlo es traicionar a eso que llaman patria.

Por su parte, Samanta Villar, la periodista de 21 Días, ha tenido palabras muy desafortunadas, al intentar defender a Garitano. “A duras penas entienden el castellano”, ha dicho. ¿Otra vez contra los andaluces y su habla? ¿Combate una discriminación lingüística con otra? ¿O es que pone en duda la capacidad cognitiva de esas dos personas que, sí, faltaron el respeto al entrenador del Eibar? Toda expresión (y la política nos ofrece muchísimos ejemplos) deja traslucir una ideología. En cualquier caso, son muy desafortunadas sus palabras: en el primero, porque ya está bien de tanto insulto y falacia en relación a nuestro pueblo, el andaluz, o, mejor, ¡a cualquier pueblo!, y, sobre todo, por algo tan injusto como que se generalice por la actitud y comportamiento de dos personas concretas; en el segundo, cabe hacerse esta pregunta: ¿es adecuado reprobar a alguien, y más viniendo de un actor social como es una periodista (élite simbólica, que diría T. van Dijk), en relación a la funcionalidad de sus capacidades cognitivas? Responsabilidad, tanto a Samanta Villar como a aquellos periodistas, por su influencia social.

Que haya escrito “esos pobres periodista” (sic) no importa. No es andaluza y se lo puede permitir. Nadie va a cuestionarla en ningún sentido ni ella ni a su pueblo por hacerlo.

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