“La inteligencia muerta”, en El Plural

Artículo de opinión publicado en ElPlural Andalucía el 11 de agosto de 2015
elplural
Autor: Ígor R. Iglesias

Esta madrugada los fascistas han asesinado a Blas. Lo sacaron de su casa hace unos días y hoy le han dado muerte, junto a otros dos andaluces, víctimas del bestiario que se impone para quedarse. En unos días, Federico. Cada jornada, ¡tantos y tantos!

Siento un gran dolor respecto de cada muerte injusta de aquellos días donde la vil España de la Inquisición, la Conquista y el odio se imponía sobre la España que quería, se empeñaba y podía ser moderna, sobre la libertad, sobre la igualdad. Miro hacia atrás con el pesar de saberme nacido en el contexto (mismo o posterior) de esta España nefasta y asesina. Nacidos antes o después de 1978, todos los somos. Cuarenta años de fascismo explícito e institucionalizado duelen, a mí me duelen, y mucho.

Hay muchísimos ejemplos que ilustran el triste contraste. Uno de ellos es la sustitución de la Junta de Ampliación de Estudios -presidida desde su fundación en 1909, por Santiago Ramón y Cajal hasta su muerte en 1934- por una nueva institución, fundada por un cruel y burdo Franco, con el fin de poner “la vida doctoral bajo los auspicios de la Inmaculada Concepción de María”, según reza el decreto fundacional de 1937 del Instituto de España, que daría lugar posteriormente al castigado en nuestros días -¡otra vez la derechona!- CSIC. Este contraste de ciencia y sinrazón es muy significativo, si no lo es de por sí la conocida frase del general fascista Millán-Astray: “Muera la inteligencia”.

Siento dolor al mirar atrás y ser consciente del triunfo de la bestialidad, con perdón de las bestias por llamar a lo peor de la humanidad con palabras con que nombramos su mundo: somos así de rastreros, siempre echando balones fuera, sin asumir la responsabilidad de nuestra propia naturaleza, de una parte de ella, más humana en parte cuanto más a la bestialidad misma. Siento dolor por el contraste entre esa bestialidad y otra característica muy nuestra, de muchos seres humanos que se empeñaron -y seguimos empeñados- en hacer de este mundo un lugar más justo, a pesar de lo que es capaz de llegar a hacer esta especie nuestra a nosotros mismos y a la misma naturaleza.

Siente uno el dolor acentuado más si cabe por otros cuarenta años de olvido y persistencia de aquel horror en las ideologías de un país que se ha jactado de ser modélico en democracia. Los resultados de los errores -llamémoslos generosamente así- son visibles hoy: corrupción, cinismo, mentira, manipulación, desencanto, entre otros. La construcción epistemológica de la realidad social e histórica de España que llevó a cabo el franquismo persiste hoy. Uno puede asombrarse, como yo lo hago, de que haya personas, que no son pocas, dispuestas a poner sobre la misma balanza a los asesinados por los fascistas y sus muertos, los muertos golpistas. No han sido pocas las ocasiones en las que he estado en alguna conversación con personas que, a lo Esperanza Aguirre, se han posicionado a favor del golpe de Franco y denostado a la República, sin muchos conocimientos históricos, por cierto. Cruel es para éstos la República por haber defendido la legalidad vigente entonces, cruel por responder a los tiros con tiros; cruel, curiosamente para personas en cuyos discursos es lugar común “la defensa de España”. En esas ocasiones, aquel dolor se acentúa.

He llegado a comprender que la construcción epistemológica franquista y su persistencia durante el periodo posfranquista, que llamamos Democracia, sostiene estos y otros discursos, bien por la ausencia de una epistemología que conectara con lo anterior al 18 de julio de 1936, bien porque la epistemología del régimen de 1978 se nutrió y nutre de la epistemología franquista. Se me antojan los dos elementos como causa de este efecto triste y funesto. Triste y funesto porque muchos (¡tantos y tantos!) derramaron su sangre por la libertad, por que viviera la inteligencia, por la igualdad misma.

Esa epistemología construyó una cruel dicotomía que reproducen nuestros libros de texto y lo que los españoles creen conocer de aquel periodo, siendo éstos, los españoles, de los más ignorantes sobre la historia de los pueblos que integran su territorio (¡tanto resuena el estruendo de Millán-Astray!). La dicotomía bando republicano/bando nacional lejos de ser problematizada se asume y, peor aún, se simplifica con la omnipresente metáfora: izquierda/derecha. Esta democracia que se autoadjetiva como modélica no ha sabido sustituir aquella dicotomía por otra, no interesada como aquella misma es: bando demócrata/bando golpista, dictatorial, fascista; o, simplemente, democracia/dictadura, fascismo, tiranía.

El llamado bando republicano, que hoy, en la barra de bar -si aún quedan bares donde se hable de política- o en la discusión de Facebook, se quiere asociar a la izquierda -buena labor, en este sentido, la que ideológicamente realiza el PP-, es un bando demócrata, el bando de los defensores de la legitimidad democrática, bando construido a base de voluntades expresadas en las urnas. Frente a ello: golpe de estado, guerra, asesinatos políticos sistemáticos (10.000 por cada uno perpetrado por Mussolini), desapariciones forzosas (somos líderes mundiales aún hoy en este sentido después de Camboya, a pesar de las continuas reprimendas de la ONU para que España se ocupe de ello), persecuciones, destierros, crueles torturas, represión… fascismo.

¿Cómo personas que se tienen por demócratas pueden sentir apego o, cuando menos, cierta empatía con los fascistas? Durante la mayor parte del breve tiempo de la II República la derecha fue la que ostentó el poder y ¿cómo mantener, pues, si no es con Franco, que era un sistema de rojos, “enemigos de España”? ¿Cómo buena parte de los que se dicen demócratas en la actualidad -miren al PP- pueden poner en la misma balanza a demócratas y fascistas? La falta de problematización al respecto sobre la democracia en España y la ideología neofascista se evidencia en cuestiones más mundanas que las cunetas, las fosas comunes y las tapias de los cementerios: cuando se tacha la bandera republicana de no constitucional igual que la franquista, con el fin de legitimar el uso precisamente de esta última -la del pollo-, como le leí por ahí a uno de esos que pasan por ser “de los que se llevan bien con todo el mundo” (incluidos los “rojos”), cargo institucional de relevancia del PP andaluz, por cierto. Aprovechemos para decirles una vez más que la II República es un periodo legítimo y que el franquismo (y el golpe de Estado y la guerra) nunca debió existir. Pero ni diciendo “papá pone una semillita en mamá…”.

Hoy, recordando a Blas Infante -y con él, a los otros dos compañeros asesinados; y con ellos, a todos y cada uno de los muertos a manos del fascismo-, sintiendo su dolor a través del tiempo que nos separa, en la misma noche calurosa de la misma Andalucía; sintiendo este pesar mío por una inteligencia muerta que condena a las víctimas al olvido, a la cuneta, a la misma altura moral que sus verdugos por la construcción epistemología de un conocimiento interesado, fascista en su esencia, en su raíz, que amplifica aquel grito mortífero y violento en el paraninfo salmantino, resonando en nuestros libros, en nuestras noticias, en lo que callamos, lo que no decimos por censura misma de un censor que yace bajo alguna lápida -laureada (!)- y aún vivo y coleando con enérgico resuello, violento, sin escrúpulos, vil.

Hoy, recuerdo a Blas Infante y su conciencia, clavada en ella la visión sombría del jornalero -y con él las gentes de la mar y los silenciados de las ciudades-, que aún hoy, compañero, pasean su hambre -el hambre al modo de nuestros días- por las calles de este pueblo, de este sufrido pueblo, víctima entonces y aún hoy de la misma mano sucia y retorcida que mató al hombre, pero no los ideales, el ideal andaluz, aun sobreviviendo, padre de este patria andaluza nuestra.

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