La paranoia colombina. Contra el neoconquistador simbólico

Artículo publicado en 
El Plural Andalucía y Rebelión.org 
el 12 y el 14 de octubre de 2015, respectivamente
elplural 
Rebelión.org
Autor: Ígor Rodríguez Iglesias


En la ciudad en la que nací y en la que me crié, uno conoce bien a Cristóbal Colón. Su playa más emblemática (la Punta del Sebo), secuestrada por una central térmica desde hace medio siglo, está presidida por un gran monumento esculpido por una norteamericana llamada G. Whitney que todos llamamos monumento a Colón (dice la placa que es regalo del pueblo estadounidense), pero cuyo nombre oficial es Monumento a la Fe Descubridora, en el mismo estuario donde confluyen Odiel y Tinto, lugar de inicio del primer viaje colombino hacia occidente un 3 de agosto (fiesta local en Huelva) de 1492. El estadio de fútbol de la ciudad se llama Nuevo Colombino. El de atletismo, Iberoamericano. El recinto ferial, colombino. Sus fiestas grandes (que se celebran desde 1925 tal y como las conocemos), Colombinas. El festival de cine, iberoamericano (por cierto, en noviembre). Sus premios: Colón de Oro, y Colones y Carabelas de Plata. Y el inexistente aeropuerto (refiero, pues, el proyecto), Cristóbal Colón. La autopista (sin peaje) que une Huelva con Sevilla, del Quinto Centenario.

 

Es imposible, pues, escapar a aquel hecho del 3 de agosto de hace 523 años. Tanto es así que en su entrada desde Sevilla, a la derecha, una fuente está presidida por tres carabelas con un lema claro: “Huelva Descubridora”. Tres rotondas más allá, la Fuente de los Descubridores. Y en su plaza más tradicional, la plaza de las Monjas (en su tiempo, lugar del foro de la Ónuba romana, soterrado bajo su fuente, es decir, ni se sabe que está ahí), una estatua del italiano, pagada por una caja de ahorros, en cuyo pedestal se lee: “Huelva a Cristóbal Colón”. En su pecho, la medalla de la Virgen de la Cinta, a la que Colón vino a rezar a su regreso del primer viaje colombino (eso dice la plaquita del santuario). A los pies del Conquero, desde la Barriada del Carmen a la Plaza de Toros de La Merced, discurre por el barrio de Las Colonias (fíjense en el nombre, qué colonial) la avenida Cristóbal Colón. Y Colombino es el nombre de su carnaval, y de su trofeo veraniego de fútbol, y colombinos son llamados sus Lugares Colombinos: Moguer, Palos de la Frontera y La Rábida, lugar colombino por excelencia en el que se encuentra el monasterio franciscano donde dicen que se planeó la gesta colombina, un auditorio al aire libre con un aforo para más de 3.800 espectadores llamado Foro Iberoamericano de La Rábida, un muelle con las réplicas de la nao Santa María y las carabelas Pinta y Niña, realizadas con motivo del Quinto Centenario en 1992, muelle que se llama de las Carabelas. Allí, radica la sede iberoamericana Santa María de la Rábida de la Universidad Internacional de Andalucía. Es en La Rábida donde se encuentra además el campus politécnico de la Universidad de Huelva. Y en la capital onubense, cómo no, la Casa Colón, un hotel decimonónico construido para el Cuarto Centenario, que hoy en día alberga dependencias municipales y salas expositivas, además de la televisión municipal y el Palacio de Congresos del mismo nombre: Casa Colón, cuya dirección es avenida Martín Alonso Pinzón, aunque todo el mundo en Huelva la nombra como Gran Vía, en cuyas inmediaciones se encuentran las calles Palos, Fernando el Católico, Cardenal Cisneros (el inquisidor que gobernó Castilla al inicio de la conquista americana), Alonso Sánchez (que también es un parque en lo alto de un cabezo y una estatua en el Parque del Muelle o las Palomas –o de los Monos-; dice la historiadora Rosario Márquez, de la Universidad de Huelva, que el tipo este no existió, que es un invento de Colón, para su relato ante los reyes), Tres de Agosto, Niña, Pinta y Santa María o plaza Isabel la Católica, llamada popularmente Plaza Niña. Y pueden ustedes trasladarse al barrio de La Hispanidad, con sus calles Rubén Darío, Inca Garcilaso, Alonso Ercilla, Gómez de Avellanada, Gabriela Mistral, entre otras. O ir a La Orden y caminar por la calle Puerto Rico y sus aledañas o cercanas Lima, Río de la Plata, Valparaíso, Montevideo, Quito, Argentina, Caracas, Bogotá, Amazonas, Estados Unidos, Nicaragua… O ir a la Huerta Mena (ya nadie la llama así; cerca del Guanahaní, que en Huelva llaman Guanani) y encontrar las calles República de Cuba, República Dominicana, Rodrigo de Jerez, Pedro Alonso Niño, etc. O en la barriada del Rocío, calles Brasil, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Ecuador, Chile, Perú, Colombia, Uruguay, Arizona, Islas Malvinas, Panamá. Y en Isla Chica, Texas y California. O en El Higueral y la Florida, la avenida Honduras y la calle Costa Rica, cerca del colegio público Tres de Agosto. Y en Vistalegre, calles Martinica y Aruba. O junto a La Merced, el paseo de Buenos Aires, que no es un paseo (de hecho, llamamos a esa avenida, Cuesta del Carnicero).

 

Ninguna calle a los aztecas, incas, mayas, arahuacos, caribes, taínos, guaraníes, zapotecas, apaches, mapuches… Ni a Simón Bolívar (en Cádiz, sí: plaza y estatua). En cambio, sí hay una calle, en la Barriada del Carmen, llamada Avenida de la Raza, el nombre que recibió la conmemoración del 12 de octubre desde 1918 a 1957, sustituida por el nombre de Hispanidad hasta 1986 (en 1981 se le añade al de Hispanidad el de Fiesta Nacional de España, nombre que es el actual, para ser más papistas que el Papa, tras eliminarse el de Hispanidad en el referido 86). Por cierto, Plaza 12 de Octubre, donde se encuentra la Aduana, cerca del Muelle. Y paralela a la Miss Whitney, avenida Guatemala, desde donde, girando a la derecha o a la izquierda (si viene desde la plaza de América), puede bajar por Francisco Pizarro. Si sigue por la avenida Nuevo Colombino, puede llegar a la barriada Yánez Pinzón. Para ir a la calle Hernán Cortés, tendrá que ir al Centro. Ninguna referencia a ningún pueblo africano esclavizado: yorubas, congos, carabalíes, etc.

 

El listado no es exhaustivo y se me quedan fuera multitud de lugares que hacen referencia al “Descubrimiento”, a lo colombino, a las carabelas, a la conquista… Por no hablar de las letras de fandangos, sevillanas y demás. Ejemplos de sevillanas: “Huelva, Huelva, la Colombina”, “De Huelva, las Colombinas; su gloria, las carabelas” (María de la Colina, al cante), “Vienen cortando el agua tres carabelas; soñando un mundo nuevo, vienen de Huelva” (Los Marismeños). O ejemplos de fandangos: “Mi Huelva descubridora, del mundo su referente, mi Huelva descubridora”, “Rumbo a lo desconocido, de Palos salió Colón” (Rocío Jurado) o todos los que conformaron un musical hecho en Huelva a base de fandangos –bien cantados, como se hace en Huelva, hay que reconocer- contando lo concerniente al primer viaje colombino, con Colón, los Pinzón y compañía, subidos en sus carabelas: el nombre de aquel espectáculo, “Y después… América”. A esto le podemos sumar, el tanguillo del coro gaditano Los Anticuarios, de 1905, que el Tío de la Tiza dedicó a cada provincia de Andalucía; sobre la onubense dice: “Es Huelva de ricas minas, de la Hispanita, la cuna”.

 

Esta idea de Cuna del Descubrimiento es el lema turístico de Palos de la Frontera. Y Tierras del Descubrimiento es un programa de la Diputación de Huelva que en Facebook se anuncia así: “Embárcate en las carabelas que descubrieron el Nuevo Mundo. Navega por el Guadiana hacia el mar de los descubridores. Explora en el río Tinto paisajes que te harán viajar a Marte. Camina por las sierras verdes donde se cura el mejor jamón del mundo. Comprueba por qué Doñana es la gran reserva natural de Europa. ¡Despierta! Porque la playa de tus sueños existe. En la provincia de Huelva encontrarás el descubridor que llevas dentro. Sorpréndete con el sabor único del atún rojo y los chocos recién capturados. De la fina gamba blanca regada con los vinos del Condado. Del exquisito jamón de Huelva, de la chacina del Andévalo y de su repostería tradicional. ¡Descubre Huelva!” (la cursiva es mía). El “Descubrimiento” como eje articulador, como excusa para promocionar todas las excelencias de esta preciosa y rica tierra en lo paisajístico, lo natural y lo histórico, más allá del 3 de agosto. Ni fenicios, ni tartesios, ni romanos, ni Al Andalus: sólo “Descubrimiento”. Imposible escapar a paranoia colombina que a lo largo del siglo XX se ha ido instalando en la ideología de los onubenses, hasta parecer el único hecho histórico del tierra de la Tarsis bíblica, de Argantonio (rey tartésico de los siglos VII y VI a.C.), de Al Braki (geógrafo, botánico e historiador del siglo XI andalusí nacido en Huelva, en cuyo honor se nombró a un cráter de la luna con su nombre), de las salazoneras romanas, de la ciudad hasta donde se desplazan desde Tiro los fenicios atraídos por sus manufacturas del oro y otros metales preciosos, atravesando todo el Mediterráneo, más allá de las Columnas de Hércules; la ciudad que acuñó moneda en época romana; la tierra originaria de la familia del poeta árabe de los siglos X y XI Ibn Hazm, autor de El Collar de la Paloma (y fue en Huelva donde pasó sus últimos días hasta su muerte); etcétera, etcétera y un largo etcétera, tan largo como los milenios (entre tres y cinco) que esta ciudad lleva aquí, ininterrumpidamente habitada, con momentos de esplendor en la historia y azotada en otros por maremotos y terremotos (como el de Lisboa, el 1 de noviembre de 1755, que la asoló, derribando sus edificios, tragada parcialmente por el mar) y otras desgracias, como la destrucción de Saltés a manos de Alfonso X el Sabio (!) o la instalación del Polo Químico y el complejo petroquímico y gaseístico a manos del franquismo. Lo siguiente será cortar pinos para montar un centro de drones (dicen que sólo un 15% serán drones asesinos y los que lo dicen se quedan tan panchos, sin advertir la gravedad de esto o, peor, advirtiéndola, siendo adalides de tal atrocidad: ¡y se llaman “de izquierdas”!).

 

No es posible que todo gire, como si nada existiera, como si fuera la misma esencia de esta ciudad, en torno a un hecho fortuito. Muy en resumen: la fallecida esposa portuguesa de Colón tenía familia en Huelva y el gachón este habría venido a dejar a su hijo Diego, después de que no tuviera éxito con el rey portugués, al tener Portugal una ruta eficaz para sus intereses bordeando África hacia la India y la China, los grandes centros mundiales de manufacturación y producción, ¡y conocimiento!, hecho ignorado y silenciado por la epistemología europea y europeizante. En La Rábida, estaba el exconfesor de la reina y ésta, además, se hallaba, junto al rey, a poco más de 300 kilómetros, en las inmediaciones de la ya sucumbida e infelizmente derrotada Granada. En ese hecho fortuito, Huelva no tuvo más nunca participación, a excepción de un viaje no colombino de exploración, llamado historiográficamente “menor” o “andaluz”, que partió del puerto de Huelva, a diferencia del primer viaje colombino, que lo hizo desde Palos, hecho curiosamente que es desconocido en Huelva, a pesar de que ese viaje recorre la costa continental de América del Sur, por las actuales Venezuela, las Guyanas, Surinam y norte de Brasil, surcando la desembocadura del Orinoco y el Amazonas, por primera vez para unos europeos; puede consultarse en este sentido la obra de la doctora en Historia de América María Luisa Laviana Cuetos, científica titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

 

Un hecho fortuito para Huelva, sí. No son fortuitas sus causas: la necesidad de una nueva ruta a las mencionadas India y China. Lo que importan aquí son las fatales, brutales, crueles consecuencias, que son celebradas hasta el insulto. Dice el filósofo e historiador E. Dussel, uno de los intelectuales más destacados del mundo, que descubrimiento encierra un hecho constatable, innegable: el encubrimiento del otro. Toda su filosofía de la liberación va a partir de una nueva lectura de la historia, pues la oficialista y oficializada y, por tanto, legitimada, la que se inculca, la construyeron epistemológicamente los verdugos, no sus víctimas, ni desde su perspectiva. ¿Cómo atajar adecuadamente un conjunto de problemas operando con categorías viciadas, desacertadas, manipuladas, construidas a favor de una ideología, de unos intereses, de un específico tipo de poder? He ahí la clave de la deconstrucción epistemológica, necesaria en todos los órdenes de las ciencias sociales, desde la sociología a la lingüística. Hagamos, pues, la crítica decolonial a Huelva.

Hay que tener presente, no obstante, que es imposible hacer una crítica decolonial a los saberes y, por supuesto, una deconstrucción epistemológica, sin un intenso y riguroso trabajo que ha de ser necesariamente ético, sin pedestales a los que aspirar para recibir aplausos. Dussel ya nos advierte a los que caminamos por esta senda que, más bien, hemos de prepararnos para recibir piedras.

 

Está acertado, por su parte, Boaventura de Sousa Santos cuando nos dice que “no habrá justicia social global sin justicia cognitiva global”. En este sentido, si examinamos la ideología que rezuman el callejero, los monumentos, el conjunto de exaltaciones sobre el hecho colombino en mi ciudad, las políticas que se llevan a cabo, los discursos e, incluso, una identidad nueva construida en torno a esta idea colombina, descubridora, que ha tomado fuerza tras 1992, articulada por instituciones tales como la Real Sociedad Colombina Onubense o la Diputación de Huelva, por esta falta de reflexión crítica, por su perspectiva eurocéntrica, y que no está desconectada de otras políticas a niveles superiores del Estado, como las económicas de la nueva etapa de neocolonialismo emprendido por España en la actualidad (con diversas instituciones públicas y privadas: bancos, grupos mediáticos y editoriales, compañías de energía y comunicaciones, entidades políticas como la Real Academia Española y el Instituto Cervantes)… Si examinamos todo, si lo ponemos sobre el tapete, tenemos la obligación de aplicar una ética sobre ese sistema sin ética que no cuestiona la ontología de lo dado, que se mastica y degusta sin importar, sin percatarse, sin haberse parado a pensar de qué se habla en realidad cuando se dice descubrimiento, conquista, comercio con las Indias o, incluso, encuentro de culturas. Hemos de aplicar una ética sobre el conjunto de lo que llamamos saberes, esto es, un sentido crítico de lo que se presenta ante lo ontológico con pretensión de superación; en sentido dusseliano, pues.

 

Combrie, por su parte, nos invita a buscar en lo dado, en lo construido e interiorizado como ciencia, como saber, las condiciones intelectuales, sociales y materiales, tanto las que actúan al tiempo con estos saberes como las que las preceden, ya sean las que hicieron posible ese saber o las que lo obstaculizaron. Dicho de otra manera con Walter Benjamin: pasarle el cepillo a contrapelo a la historia. He aquí donde está el primer impulso epistémico que ha de guiar esa ética no sólo en los intelectuales que construyen conocimiento, sino en los ciudadanos que participan de una cultura que no puede supeditar su identidad a hechos criminales, luctuosos y abominables.

 

No hay gloria en el genocidio. Nos han construido una identidad vinculada a la ideología de la Restauración, al auge de un nacionalismo e ideología neocolonial que ha operado en esta ciudad a través de su pequeña burguesía y clases políticas caciquiles desde finales del siglo XIX, pero, muy especialmente, desde la Dictadura de Primo de Rivera. La dictadura de Franco ahondó en esa ideología racista de una supuesta superioridad del español, cuya gloria era El Cid, “matando moros” –dicen los curas que custodian sus restos mortales en Burgos-, y la conquista de América, esto es, la destrucción, espada en mano, de centenares de culturas, lenguas… vidas humanas, incluyendo los secuestrados en África, vendidos como ganado, trasladados a otro continente para ser esclavizados, azotados, torturados, violados, aniquilados. ¿Pero qué mancha de majaras, ignorantes o racistas puede celebrar algo así?

 

Por eso es necesaria una nueva epistemología, una epistemología del sur, con una ética del saber que mire desde y con el otro, una epistemología de la exterioridad, de la visibilidad. No podemos permanecer impasibles ante la fetichización del abuso y la injusticia, ante su apología, ante esa ideología de la desigualdad y la inferiorización del otro. Muy al contrario, debemos tener en nuestra ética para una epistemología nueva en todo momento una ideología de la igualdad y la justicia social. Así empezaremos a comprender qué errores estamos cometiendo al evaluar determinados hechos históricos. Porque hacer del 3 de agosto y del 12 de octubre una fiesta apologética del encubrimiento y sometimiento del otro es evaluar positivamente esos hechos, otorgando una patente de corso, con la perspectiva del que esclaviza, del que roba, del que asesina, del que masacra; no la perspectiva del que es esclavizado, del que es inferiorizado, del que es aniquilado y condenado, en su condición de colonizado, a la pobreza, al robo del plusvalor y de los medios de subsistencia –recursos naturales, en la perspectiva del colonizador-, amén de otras formas de inferiorización, tales como negar su propio derecho a rebelarse, a organizarse en sus modos, a otorgarse la dignidad merecida en tanto personas, a hacer sus propias revoluciones sociales, a hacer de este un mejor mundo.

 

En lo personal, soy ateo –o eso me digo-, pero los relatos bíblicos, semitas, por formar parte de nuestro imaginario colectivo mitológico, de nuestra cosmovisión, pueden valer aquí: la perspectiva en España (y Huelva y Sevilla…) está siendo la del faraón, no la de Moisés y el pueblo esclavizado que quiere liberarse (y que se libera). La perspectiva de España (y Huelva y Sevilla…) no es la de un Jesucristo que lava los pies al pobre, que se posiciona a favor del pobre, que adopta su perspectiva, que actúa en consecuencia y hasta las últimas consecuencias. Es la perspectiva, la de España respecto de América, África y Asia (y no sólo de España, también de Europa y Norteamérica, de las zonas del ser, que dice Fanon, respecto de las zonas del no ser, al modo del griego Parménides), la perspectiva del que crucifica, del que grita para condenar a Cristo, del que se lava las manos y vuelve a la fiesta apologética de la injusticia social y a hacer del Templo un mercado.

Soy más de Huelva que un choco, he de advertir a mis paisanos ante lo que viene, indicando además que es esto un llamado a la reflexión y a otra perspectiva humana, incluso identitaria: puede que los onubenses del presente en su conjunto y, en concreto, su clase dirigente, no estén aún preparados, en el sentido de concienciados, para afrontar este cambio, pero los onubenses del futuro lo estarán. Porque vamos a seguir luchando contra la injusticia construida ideológicamente por cuatro caciques con un sistema de valores basados en la dominación, la injusticia, la falta absoluta de ética para posicionarse en el lugar del otro, inferiorizándolo, anulándolo, desconociéndolo, invisibilizándolo. No existe esa ética para ese individuo racista, neocolonizador, que simbólicamente navega en su carabela ideológica hacia una tierra, allá al otro lado del Charco, donde este individuo colombino confunde a sus habitantes con el paisaje y solapa los derechos de aquellos con sus antojos más viles y crueles, como sucedió durante la colonización y sucede ahora durante la neocolonización. Ni derecho a una revolución de los pobres tienen para el neoconquistador. Aquí, de este lado de acá, habrá siempre un medio de comunicación-persuasión, un político neoliberal, un ciudadano dispuesto a no mirar, a celebrar, a festejar, a no saber, a no reconocer al otro como igual.

 

No puedo ignorarse –y por ello insisto- que todas estas prácticas e ideología están vinculadas al españolismo restauracionista de finales del XIX y primeros del XX, el fascismo nacionalcatolocista de mediados de la dictadura franquista, y las políticas neocolonialistas de finales del XX y principios del XXI, con Latinoamérica como objeto, como pozo de recursos que satisfagan esos antojos viles y crueles (a los que me he referido líneas más arriba) que tiene y crea, como si de una necesidad vital se tratase, este despiadado y sádico neoliberalismo imperante e imperialista, antropófago en su construcción de hegemonía de imperio, al margen, por encima y a costa de las personas y los pueblos. No advertir esto es ignorar, en cualquiera de sus sentidos, el otro lado de la línea abismal (así la llama De Sousa Santos), las zonas del no ser fanonianas, esto es, a más del 80% de la humanidad, incluso a los de debajo de la Europa más castigada por las políticas neoliberales. Es así nuestro tiempo, estemos conscientes.

Frente a ello, un discurso y una acción de justicia social, tanto en los saberes como en las prácticas ordinarias, es la respuesta ética que debemos y tenemos que dar. Sigamos estudiando con el cepillo a contrapelo. Humildad, reflexión, conocimiento nuevo, cambio, justicia social, pues. Recuerden las palabras de Boaventura: “No habrá justicia social sin justicia cognitiva”.

Ígor Rodríguez Iglesias es investigador en la UHU y UAM (Sociolingüística crítica) y director de la revista científica peer review sobre lenguaje y comunicación Lengcom.

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