La culpa más allá de Zapatero

Artículo de opinión publicado en ElPlural.com el viernes 27 de mayo de 2011
Autor: Ígor R. Iglesias

Carme Chacón ha actuado con responsabilidad. No sólo es cuestión de pragmatismo político, sino de responsabilidad. No es el momento de un debate sucesorio en el PSOE, sino un debate sobre el hacia dónde ir y cómo.

Debate sucesorio en el PSOE. La ministra de Defensa ha actuado bien tanto para su propio partido, como para sus aspiraciones políticas. Ella misma ha reconocido que se ha puesto en peligro al PSOE y al Gobierno, con una lucha por el poder que ahora no hubiera sido entendida por nadie. Además, quien suceda a Zapatero tendrá que lidiar con su desgaste. Lo hará Rubalcaba.

Al presidente del Gobierno le han llovido tortas desde que tomó el poder a diestro y siniestro, por doquier. Cada paso que ha dado Rodríguez Zapatero ha venido acompañado de una torta dialéctica, envenenada y, a veces, rozando lo obsceno. De ZP se ha criticado hasta cómo visten sus hijas, aun siendo menores de edad, publicando sus fotos en prensa, incluso cuando sus padres no consintieran tal publicación, vulnerando por tanto el derecho a la intimidad de menores de edad.

La crisis económica. En asuntos que nos conciernen a todos, Rodríguez Zapatero ha tenido que transigir con las políticas de la liga económica en la que juega España. Si a Felipe González le tocó el duro e impopular papel de acometer la reconversión industrial, a Zapatero le ha tocado enmendar un sistema productivo, financiero y económico que no estaba preparado para afrontar una crisis como la que padecemos desde hace tres años: una crisis a nivel mundial que no ha provocado España, cuyo mercado laboral venía subido en una nube. No había que ser muy listo para darse cuenta de que pronto se desvanecería tal nube, basada en la creación de empleo gracias a la construcción y la especulación inmobiliaria, provocando un oasis en las cifras de ocupación laboral y poniendo en evidencia qué político era un golfo y quién no: golfos fueron los que vendieron suelo sin planificación y sólo para enriquecerse o enriquecer a sus amigotes.

Rodríguez Zapatero no es culpable de tales desmanes, por mucho que se flagele y asuma toda la responsabilidad de lo que ha ocurrido en este país en la última década. Incluso el trozo de culpa achacable a Aznar, quien no acometió la reforma de un mercado laboral ineficiente, quien privatizó gran parte del sector público (empresas que ahora despiden a 8.500 empleados, por ejemplo), quien no intervino en la economía para evitar la enorme inflación que llevó a este país a una cierta ruina de los bolsillos modestos, que tuvieron que acogerse a la fórmula que desde 2000 hasta comienzos de la crisis más estuvo de moda para jodernos aún más: los créditos fáciles, fáciles de conseguir sin mucho papeleo y en 24 horas, con solo una llamada. Aznar tampoco impidió que los cafés que costaban 100 pesetas subieran a 100 céntimos, es decir un 1 euro, cuyo valor era de 166 pesetas. Al cabo de pocos años vinieron los llantos por parte del sector hostelero, que antes jodió a los bolsillos modestos, que no pudieron seguir respondiendo a los abusivos precios que arbitrariamente marcaban los dueños de los bares.

Todos, pues, tienen responsabilidad en la crisis. Es muy fácil echar la culpa a Zapatero. Es la misma actitud infantil que en ámbitos menos públicos observamos a diario: la culpa siempre es del otro. En lo concerniente a la crisis nadie ha asumido la responsabilidad, nadie ha hecho autocrítica. Nadie, excepto Zapatero, que no sé bien si a estas alturas se mueve por la responsabilidad que ostenta o por un empeño de querer pasar a la historia como alguien que sacrificó su carrera y prestigio político para que el barco no se acabe hundiendo.

Medidas españolas y andaluzas. A Zapatero le pedimos más izquierda. A su gobierno se le puede recriminar no haber sabido actuar a tiempo, anticiparse, incluso no saber explicar claramente por qué actúa del modo que lo hace. A su gobierno se le puede recriminar también que se haya equivocado en ciertas formas, pero así como es preciso poner de manifiesto qué hace mal y opinar hacia dónde debe ir (según mi humilde punto de vista) es de justicia además resaltar la voluntad inversora cuando la crisis más azotaba a los ayuntamientos y al sector donde más empleo se ha destruido. De ahí que Zapatero ingresara en las arcas municipales 13.000 millones de euros y la Junta de Andalucía otros tantos en los ayuntamientos andaluces. Con ese dinero se podrían haber hecho muchas cosas, pero todos se han beneficiado de tales cantidades históricas, incluidos los ayuntamientos gobernados por el PP, que han podido cumplir gran parte de sus promesas electorales y presentarse a las elecciones con tales avales (por supuesto sin nombrar, en una muestra de deslealtad institucional, al Estado y la Junta de Andalucía, para el caso andaluz).

Hasta el propio Zapatero sabía que nadie agradecería tal esfuerzo inversor. Ni siquiera por parte de muchos de los que han trabajado gracias a los llamados Plan E y el Plan Proteja (el Plan E andaluz). Gente con pocas luces critica que ha sido pan para hoy y hambre para mañana, sin observar que se ha invertido en sectores donde se contrata por obra y servicio, pues se trata de obras, que tienen un inicio y una finalización, y que precisaban algo más que un capote mientras se acometen las reformas que llaman necesarias.

BCE, FMI y los llamados mercados .Otro error de Zapatero ha sido cumplir con aquello que los mercados le reclaman a España. Vivimos en un momento de una enorme complejidad económica, en la que parece que si no sigues los dictados del FMI, del Banco Central Europeo y los llamados mercados te hundes y ahí te quedas. Si te rescatan es para hacer seguir haciendo negocio. Zapatero ha querido evitar un rescate de España, siguiendo tales dictados. No ha hipotecado España de cara a otros países y los dichosos mercados, pero sí ha provocado que los trabajadores se sientan traicionados.

Sin embargo, ¿estaba atado de pies y manos Zapatero? ¿Está atado? No. La complejidad no sólo está en la política económica mundial, también aquí dentro, con un sistema obsoleto, mal configurado, que venimos arrastrando desde la dictadura franquista. La democracia ha permitido continuar con tales estructuras. La reforma del sistema español es indispensable, sí. Pero Zapatero se ha equivocado en la última parte de su guión, pues la solución para salir de la crisis y crear trabajo no es el recorte del gasto público, sino la inversión del mismo. Eso es políticas de izquierdas, necesarias y demandadas por la izquierda, que da la espalda ahora a Zapatero.

No obstante, al presidente del Gobierno le están pidiendo desde los organismos internacionales, que son los que verdaderamente manejan el cotarro, que no gaste. Por lo tanto, si lo hace, malo; si no, también. Por eso, es necesario un cambio en el sistema, una ‘democracia real ya’ mundial, donde el FMI no siga imponiendo (y trasciendo de España ahora) a los países más pobres del mundo condiciones tales que atentan contra su propio desarrollo y a los gobernados por fuerzas progresistas más que a otros. Si los países más pobres no siguen los dictados del FMI, son duramente sancionados. En el caso de países ricos, como es el caso de España, en el contexto mundial, no sólo está el FMI, el BCE, los puñeteros mercados y vaya usted a saber quién más: nosotros también tenemos a Aznar, un hombre que traiciona a España poniendo en duda la solvencia de las empresas y los bancos españoles, que ahora incluso son más poderosos (como la Iglesia, que ahora con ZP gana más dinero, aunque los obispos le den zarpazos al de León).

El problema, pues, no es Zapatero: son esas estructuras de poder que nadie ha elegido, al menos directamente, y que aplican políticas económicas de derechas, que no benefician a la mayoría de los ciudadanos del planeta, que no velan por el bienestar social y donde sus altos cargos son como dioses: cobran cifras astronómicas por jodernos a todos y si violan a empleadas de hotel no van a la cárcel, sino a modestos palacios de cristal.

Permítanme que, hic et nunc, escupa.

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